EL BAÚL DE LOS RECUERDOS
El ocaso de un genio

por Antonio Guerrero <ags@ctv.es>



Elevó los brazos y compuso un imprevisto perfil de bailaor. Sus facciones enjutas parecieron afilarse contra las estanterías del fondo, repletas de libros. Se mantuvo inmóvil como una esquina, mientras un silencio pastoso y expectante caía de repente. Se le veía viejo y esbelto, con un aire anacrónico como sacado de una añeja fotografía de color sepia o de un grabado de Goya. Su larga y magra cara, parecía haberse ido tallando con el cincel de la semipenumbra de las candilejas.

Comenzó a moverse de manera lenta, pausada, con un "tempo" estudiadamente teatral. Aquella leyenda viva mantenía al público en suspenso ante la prometedora fama que le antecedía. Era nada menos que Vicente Escudero, aquel que había roto en mil añicos el espejo donde se miraban las normas del baile flamenco.

Flexionó sus piernas para hacer su primera pirueta y, aquellos posiblemente poderosos resortes de otros tiempos, apenas lo elevaron en el aire. Cayó sobre la planta de sus zapatos de tacón alto, con pesadez y sin agilidad, con lo que se me antojó un torpe y desangelado movimiento que descompuso su figura y el encanto. Era explicable. Yo mantenía reciente en mis pupilas a otra genial figura de la danza española. Mi último referente era un bailarín y bailaor, figura del dúo Antonio y Rosario. Aquel que en su estancia-destierro en tierras americanas había paseado el nombre de Chavalillos de España, y, comparativamente, Vicente Escudero parecía decepcionante. Recordaba que Antonio parecía milagrosamente ingrávido. Que dominaba, con maestría, todas las formas de baile. Que a la manera de la escuela rusa, sus pies trenzaban en el aire una larga e infinita armonía de movimientos, mientras parecía suspendido como un ángel policromado ante el altar de su arte.

Con razón Antonio había sido propuesto para filmar la vida de Nijinsky, aquel genio ruso, divino loco, que se había ido apagando mientras danzaba entre las paredes de un manicomio.


Vicente_Escudero

Porque Antonio, además, era chispeante e imprevisible por bulerías, y trágico y profundo bailando por martinetes al monocorde son de los repiqueteos del martillo sobre el yunque. Antonio Ruiz, era, para mi, el dios supremo de la danza y del baile español.

Pero había que ser justos. Mientras la compañía de Antonio y Rosario cuidaban la escenografía y la iluminación con precisión y pericia casi cinematográfica, Vicente Escudero, ya en la senectud, se estaba enfrentando con un escenario inadecuado y casi hostil. El más ingrato que hubiera sido posible elegir. Una sala del Ateneo de Sevilla. Una estancia diseñada para albergar libros y para el recogimiento, pero jamás para bailar. Con una aburrida iluminación de bombillas incandescentes que ni siquiera marcaban luces y penumbras. Que hacían a todos los objetos uniformes y chatos con aquel color anaranjado que despedían.

Vicente Escudero seguía bailando. Desgranaba posturas, y pausados movimientos. Recordé que había leído una entrevista suya, donde explicaba que había aprendido a bailar copiando el movimiento de los gatos. Imitando su felinidad, y aprendiendo a componer imposibles e inéditas piruetas. Aquel viejo, ya retirado de los escenarios, no se resistía a eclipsarse del mundo del arte, sin antes someterse a aquella dura prueba.

 


Aquel año sería, más o menos, 1949. Apenas nos separaba una década de una cruenta guerra civil que nos había derramado sangre a borbotones, dejado girones en el alma y hambre atrasada en los estómagos. (Años después, fui consciente -cuando el tiempo había ido añadiéndome canas- que Vicente Escudero no debía ser tan viejo por aquel entonces. Tendría unos 57 años, pero desde la perspectiva de mi arrogante e insultante juventud, me había parecido añoso y senil).

Vicente Escudero siguió bailando. Poco a poco fue creciéndose, templando y mandando, como hacía su coetáneo Juan Belmonte. Componiendo cuadros de una inesperada plástica y deshaciéndolos sin premura y con elegancia. Las comparaciones con Antonio fueron haciéndose paulatinamente imposibles. Eran distintos, no había duda, como dos generaciones enfrentadas. Dos maneras de hacer, de taconear, de bailar, de componer los brazos y la figura. Las manos planas de Vicente Escudero, con los dedos como soldados entre si, hipnotizaban con su aleteo al final de lo que se antojaban unos inmensos y largos brazos. Poco a poco fui paladeando el arte que destilaba, gota a gota, aquel viejo alambique. Fui, de manera progresiva, admirando su originalidad creativa y "eso" indefinible a lo que se llama duende.

Antes de que llegaran los aplausos, que me robarían para siempre aquella vivencia única, pude darme cuenta de que había tenido el gozo de conocer a otra deidad del baile. Había tenido al alcance de mi mano a un dios mitológico. A un eslabón perdido en la evolución del baile flamenco.

Gracias, Vicente Escudero. En la memoria de aquel adolescente quedó grabada una muestra de tu inmenso arte. Y aún permanece viva, cincuenta años después, aunque haga mucho que tú dejaras de taconear en este mundo y marcharas a mirar la luna desde otros tejados, como sólo saben hacer los gatos negros.