Autorretrato y firma de Velázquez

por Antonio Guerrero ags@ctv.es

 

Velázquez, con un buen ganado prestigio de hombre inteligente, culto y prudente, fue cómplice de una gran mentira. Una falsedad absurda e increíble, en la que estuvo involucrado el monarca Felipe IV, e incluso, de alguna forma, el mismo Papa.

Felipe IV con coraza

"Felipe IV con coraza". Uno de los primeros retratos de Velázquez del jóven monarca.

En 1599 nacía en Sevilla, en el seno de una familia acomodada, Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, uno de los mayores genios de la pintura de todas las épocas, el que, curiosamente, sería universalmente conocido por el último de sus apellidos, como siglos después sucedería con Picasso.
Los abuelos de Velázquez, atraídos por la pujante y rica Sevilla, una de las ciudades más florecientes de Europa gracias a su comercio con América, habían emigrado desde su Portugal natal a la metrópolis andaluza. Esta aparente extranjería de los antecesores del pintor es equívoca, ya que Portugal, por aquel entonces, era uno más de los distintos reinos que estaban sometidos al poder de la monarquía española.

La adoración de los Reyes
        Magos

"La adoración de los Reyes Magos". Obra de juventud, de estilo tenebrista, pintada en Sevilla cuando tenía 20 años. Ese mismo año Velázquez fue padre por primera vez.

El joven Diego dio sus primeros pasos en la pintura en el taller de Francisco Pacheco, discreto pintor sevillano pero buen maestro, llegando a ser su discípulo predilecto. Enamoró a su maestro con su inteligencia, su carácter y su extraordinaria facilidad por la pintura, al tiempo que le robaba el corazón a su jovencísima hija Juana de Miranda, con la que contraería nupcias a los 19 años.
Tras alcanzar merecida fama como artista precoz, con una pintura que los expertos han etiquetado posteriormente como “tenebrista” debido a sus claroscuros, cuando contaba 23 años decidió trasladarse a Madrid, donde esperaba triunfar e introducirse en la corte. En este primer viaje no consiguió su objetivo.


Fue un año después, cuando gracias al retrato que le hizo al capellán real, obra de la que se perdió el rastro, pudo conocer al joven monarca, que por aquel entonces tenía 18 años. Con los méritos de la difícil facilidad de su pintura, su inteligencia y su calidad humana, Velázquez impresionó a Felipe IV que lo nombró pintor de cámara y mantuvo con él una estrecha relación que duró hasta los últimos días del pintor sevillano.
Según otras versiones, fue el valiosísimo apoyo del Conde-Duque de Olivares, valido del Rey y uno de los hombres más poderosos del Imperio, lo que le ayudó para triunfar en la Villa y Corte. Velázquez vivió felizmente en palacio durante treinta y siete años, en unión de su mujer y sus dos hijas, Francisca e Ignacia.

Inocencio X

Extraordinario retrato del Pontífice Inocencio X, realizado durante la estancia del pintor en Italia.

 

Aparte de ser una persona de amplia cultura y poseedor de una extensa biblioteca, sus biógrafos le suponen sagacidad y astucia fuera de lo común para haber podido sobrevivir a las intrigas y envidias -durante casi cuatro décadas- de una corte como la de Felipe IV. Tuvo por amigos a nobles y a artistas. Fue buen amigo de Quevedo, pintó a Góngora y a Gracián, mantuvo amistad con Rubens. Viajó a Italia, donde pintó al Papa Inocencio X (el Pontífice cuando vio su retrato terminado sentenció:“Troppo vero” con lo que se reconocía retratado tanto física como espiritualmente sobre el lienzo). Según parece, como resultado de su estancia en Italia tuvo un hijo natural -al que jamás llegó a conocer- y que ha servido para desmentir, en cierta medida, su fama de hombre intachable y virtuoso.

Felipe IV, el mayor coleccionista de pintura del mundo en aquella época, tuvo la fortuna de disponer de un asesor de la categoría de Velázquez que le hizo incrementar su pinacoteca en más de 2,000 obras de arte.


Extrañamente, este artista, que alcanzó las más altas cotas en la simplificación de la pintura, y que tenía la genialidad de aplicar el mínimo de certeras pinceladas, y que incluso pintaba “alla prima” sin casi abocetar, produjo bastantes menos obras pictóricas que muchos otros pintores de la época. Se consideran procedentes de sus pinceles unos 130 cuadros, y se le atribuyen -sin que haya certeza absoluta para considerarlos “velázquez”- algo más de 400. En algún cuadro, como en el de la “Infanta doña Margarita de Austria” se ha querido ver la mano del yerno de Velázquez, Martínez del Mazo, que fue su sucesor como pintor de cámara del Monarca.


Esta relativa escasez de producción pudo estar motivada por una doble causa. Por una parte, pocos pintores en la historia han tenido la oportunidad de mantener casi toda su obra reunida, al alcance de su mano, para examinarla e introducir las modificaciones que su genial madurez artística le aconsejaba.

Felipe IV

Este retrato del joven rey Felipe IV, fue pintado en sus primeros años de pintor de la corte, y es una prueba de sus "arrepentimientos". Originalmente estaba con las piernas entreabiertas a la misma altura, y la mano izquierda apoyada en el bufete. Las radiografías evidencian la posición anterior. Actualmente, incluso a simple vista, puede apreciarse la forma del pie en la esquina inferior derecha.
Estos son los llamados “arrepentimientos” de Velázquez. Sustituyó posiciones o rasgos con nuevas pinceladas escuetas y precisas. La cruz de Santiago que luce en su propio autorretrato dentro del cuadro de “Las Meninas” (que en los inventarios reales figuraba denominado como “de la familia”) fue añadida por una mano anónima después de su muerte y no por el mismo Rey, como cuenta cierta leyenda.

El otro hecho que pudo haber restado geniales obras de arte a la posteridad, fue su absoluta entrega a la Casa Real, desempeñando otros cargos superiores al de pintor de la corte, como superintendente y aposentador mayor. En 1660 estuvo presente en la firma de la paz con Francia, en la Isla de los Faisanes, cercana a Fuenterrabía, donde como parte de los pactos se entregaba a la infanta María Teresa como esposa de Luis XIV. Un mes después Velázquez caía enfermo, muriendo el 6 de agosto de 1660, a los 61 de edad, sobreviviéndole su esposa muy pocos días.

Felipe IV

Historiadores y críticos creen que
Felipe IV siempre fue favorecido 
físicamente en los retratos que le hizo
Velázquez. De haberlo pintado como era en realidad su cargo hubiera peligrado.

Este pintor incomparable, el pintor de la atmósfera y de la profundidad, que había sido contratado como pintor de cámara por el Rey en 1623 por 20 ducados, a principios de 1640 ya ganaba 1,500 ducados anuales más gastos de casa, y percibía aparte el importe de encargos especiales.

Juan de Pareja

"Juan de Pareja". Velázquez alcanza en los retratos un nivel no superado por pintor alguno en la historia.

Pero casi en la última etapa de su vida, cuando tenía 58 años, por imposición de Felipe IV se montó la gran mentira. Se abrió un minucioso expediente de limpieza de sangre y de linaje familiar, para poder ennoblecer a tan fiel servidor y amigo. Los testigos, miembros a su vez de la nobleza, hicieron constar que Velázquez no había ejercido jamás el oficio de pintor, que había vivido con la ociosidad y el decoro propio de la nobleza y que la pintura había sido el desarrollo de un don, pero no su fuente de ingresos.

Se tuvo que demostrar, para poder ennoblecerlo, que no había trabajado nunca manualmente, que la pintura no era su oficio y que no había vendido jamás sus cuadros. Sus pinturas “sólo las había ejecutado por gusto suyo y obediencia de S.M. para adorno de su Palacio Real, donde tiene oficios honrosos”. Este documento fue firmado bajo juramento, con el beneplácito del Rey, procurando olvidar que incluso el propio Papa había pagado a Velázquez por su retrato.

Siglos después, la nobleza de Velázquez apenas tiene importancia, mientras la inmensidad de su obra ocupa un destacadísimo lugar en la Historia del Arte.