Día de Andalucía


Los últimos guerrilleros de Andalucía

por A. Sánchez de la Vaquera  sanchez_de_la_v@ctv.es

 

 

 


José alzó la vista distraídamente de la dorada gavilla de trigo que acababa de elevar con la horca y miró hacia el monte cercano. La visión de un grupo de personas en la lejanía, dirigiéndose hacia su cortijo, lo dejó petrificado.

la indefensión del campesino

En un instante desfilaron por su mente todas las desagradables situaciones que tuvo que afrontar después de la vez anterior y las largas y angustiosas horas transcurridas en el cuartelillo de la Guardia Civil.
Mientras a través del monte lleno de espesas y punzantes aulagas avanzaba lentamente el grupo hacia él, José se sintió totalmente desamparado. Allí, lindando con los montes de Sierra Morena, a casi 15 kilómetros del pueblo más cercano y ni tan siquiera con la compañía de los dos gañanes que holgaban aquel día festivo, José sabía que sólo la suerte podía ayudarle.

Hacía ya más de diez años que había terminado aquella terrible guerra que enfrentó a familias y a amigos, y segó tantas vidas por aquellos pueblos, aunque los “guerrilleros” -aquellos que estaban bajando del monte- mantenían obstinadamente viva su lucha. Ahora no ya contra el ejército, sino contra la Guardia Civil con la que mantenían continuas refriegas y enfrentamientos.
Don Victoriano, el veterinario, de quien decían en el pueblo que era algo “rojo”, le había explicado hacía algún tiempo, que también en otras partes de España, principalmente si eran abruptas, montañosas y próximas a las fronteras, habían otros grupos de “guerrilleros” a los que llamaban el maquis, o algo así. Que aquellos, como estos, estaban al acecho y armados esperando que el Gobierno fascista de Franco cayera, porque estaban convencidos de que un régimen impuesto por una guerra que había generado tanto dolor y resentimientos, no podía durar.

Lápida de recuerdo a los guerrilleros republicanos en Francia

Le había contado, también, que muchos de los maquis de los Pirineos eran soldados republicanos que se habían refugiado en Francia después de su derrota en la batalla del Ebro, que habían luchado junto a la Resistencia francesa contra los nazis y, ahora, empuñaban el fusil de nuevo contra las fuerzas franquistas.

Mientras José iba aparentando que trabajaba, de reojo pudo comprobar que el grupo que se aproximaba estaba formado por unos ocho o diez hombres, que vestían como en la ocasión anterior monos caquis, y estaban armados con fusiles y escopetas que llevaban en bandolera y alguna que otra pistola pendiente del correaje.

José llamó a los perros mastines que ladraban agresivamente contra los visitantes, para atarlos y evitar problemas. Después de todo, poca defensa podían proporcionarle en aquellos momentos.

Cuando estaban a un tiro de piedra, el que iba en cabeza gritó: -¡A la paz de Dios!

José respondió con una voz a la que intentó que no sonara temblorosa: -¡Buenos días. Vengan ustedes con Dios!


grupo de guerrilleros

Cuando estaban más próximos, y entre el insistente ladrar de los perros, José oyó que le preguntaban:
-¿Cuantas personas hay en este cortijo?
-Nadie más que yo. Estoy solo- respondió José.
Al llegar a la casa la mayoría de ellos se refugió en el interior para protegerse de aquel sol asfixiante de mediodía. El resto fue comprobando en las cuadras y en las pocilgas que no hubiera nadie escondido.

El rezumante botijo de fresca agua fue pasando de mano en mano con avidez. Algunas de las armas se fueron colocando encima de la mesa o apoyadas en las escasas sillas de enea donde se habían sentado los que parecían mandar. Los más jóvenes lo hicieron en el umbral de la puerta vigilando la lejanía y uno de ellos marchó a hacer de centinela en la parte trasera de la casa.
José esperaba con temblor en las rodillas, el batir alborotado del corazón y con mal disimulada calma, la primera conversación.

-Compañero -dijo el del cabello entrecano- queremos comer, descansar un poco y comprarte algunos alimentos. Si te parece, podemos hacer un gazpacho y acompañarlo con un poco de queso. Y nos interesaría que nos vendieras algunas cosas como pan, queso, chorizos, aceite y vino. ¡Ah, y algunos garbanzos!
José asintió con la cabeza mientras pensaba que, casualmente, el día antes había amasado pan y tenía unas cuantas teleras guardadas en las tinajas para que se asentasen, ya que, como toda la vida se había dicho, nunca se debía comer el pan caliente que no era bueno para la barriga.
Se repartieron el trabajo y mientas uno majaba en el dornillo, los otros fueron ayudando a poner cucharas, cuchillos, y viandas en la mesa.
Cuando terminaron de comer, el que mandaba sacó del bolsillo de su mono un fajo de billetes y tiró uno de 1.000 pesetas encima de la mesa.
-Maestro -añadió- esto es por la comida y por lo que nos llevaremos.
-No, hombre, no me pague nada. Yo les convido a ustedes -contestó José.
-Compañero, nosotros somos gente de bien y siempre pagamos. ¡Y lo mismo que pagamos también hacemos pagar a los traidores!
José notó como el miedo le aflojaba las rodillas. Aquella frase había sonado dura y amenazante como una hoz.
-La otra vez que estuvimos por aquí, sabemos que fuiste a decirlo a la Guardia Civil, pero ahora tienes que guardar silencio si no...
La frase quedó a medias mientras se dirigía a uno de ellos:
- ¡Curro, dame las anotaciones!
Abrió la libreta de pastas de hule negro que acababan de darle. Se mojó el pulgar con la lengua y avanzó varias hojas de golpe. Hojeó hasta encontrar lo que buscaba, y se dirigió de nuevo a José.
-¿Te acuerdas de que en el cortijo del “Adelfo” apareció su dueño ahorcado en el granero? Fue el castigo a un chivato.
-¿Y cuando el fuego le quemó la cosecha de trigo a el “Rico Nuevo”? ¡Otro que se fue de la lengua...! No hace falta seguir. Si vas a los civiles, algún día nos encontraremos y lo pagarás. ¡Ya estás avisao!


El largo silencio que siguió destacó más aún el monocorde sonido de las chicharras y la sensación de calor irrespirable.



Mientras la mayoría de los “guerrilleros” medio dormitaban, José aparentaba que dormía la siesta en su jergón de paja. Recordó las malditas horas que había pasado en el cuartelillo de la Guardia Civil, cuando fue a denunciar la visita anterior. Y rememoró la agresiva actitud del comandante de puesto, repitiéndole una y otra vez las mismas preguntas tratando de provocar alguna contradicción o el más pequeño fallo. Pensaba que, al menos, esta vez se ahorraría el mal rato de “los civiles”, aunque, por otra parte, no hacer la denuncia le producía un inmenso temor.

                * * *

Cuando la pareja de civiles se presentó a detenerle, hasta cierto punto lo esperaba.

detención por la Guardia Civil

La batida que había hecho últimamente la Guardia Civil en todos aquellos montes, había dado como resultado la detención de un par de “guerrilleros” heridos y uno muerto. Su cadáver fue el que había estado expuesto durante dos días en la plaza del pueblo, para escarmiento de todos. Uno de los heridos había “cantado” el nombre de los cortijos de los que se habían abastecido en los últimos meses. Y entre ellos estaba el de José, que no lo había denunciado. Y esto era un delito grave.
De los calabozos del cuartelillo lo trasladaron a Madrid, en tren, esposado como un delincuente y acompañado por dos números de la Benemérita. La vergüenza que pasó no la podrá olvidar en la vida.
El Juicio de Guerra ante un tribunal militar, acusado por colaboración con los “guerrilleros” fue breve y sin apenas defensa. Su primo hermano Rafael, capitán del Cuerpo Jurídico, trató de aminorar la pena alegando buenos antecedentes y su falta de vinculación con ideas políticas de cualquier tipo.

                  * * *

Cuando tres años después volvió a su cortijo tras su estancia en el penal, no pudo evitar echar una temerosa mirada hacia los montes verdeoscuros del fondo, por donde le aparecieron los “guerrilleros” en las anteriores ocasiones.


Una vez más volvió a pensar lo que tantas veces había rumiado en la celda de la cárcel. Que en aquella absoluta soledad en la que cotidianamente se encontraba, alejado de otros cortijos, y con una imposible protección de la Guardia Civil, si se volviera en encontrar en la situación anterior, volvería a obrar de la misma manera.

La alternativa era, su vida, o cometer un acto de complicidad penado por la Ley. Para él la decisión estaba clara.

La única medida que había pensado tomar para el futuro, era la de tener siempre a punto su maleta de lona, con algo de ropa, y unos miles de duros escondidos en la casa del pueblo, por si tenía que irse a trabajar a Cataluña -que es a donde habían marchado algunos parientes y mozos amigos suyos- abandonando definitivamente aquellas áridas tierras de labor que habían sido de sus abuelos.

(Este relato está basado en un hecho real. José, que aún vive, es primo hermano de la madre del autor)