por A. Sánchez de la Vaquera sanchez_de_la_v@ctv.es

 

 

 


El joven galés, delgado como un mimbre y de cabello rubio ondulado, miró hacia los majestuosos picos de Sierra Nevada que se divisaban desde aquel balcón de su casa cargado de floridos geranios. Hacía poco que se había instalado en aquella casa de la Plaza de San Nicolás, en la parte alta de Granada, junto a restos arquitectónicos de la vieja cultura musulmana del Al-Andalus. 

Mientras en Europa resonaban a diario los cañones de la Gran Guerra, esa a la que luego se le renombró y ascendió a Primera Guerra Mundial, y que redibujó fronteras y desgajó países, él, Jorge O. W. Apperley, que había nacido en el seno de una familia con tradición militar, estaba subyugado por la paz y felicidad que se respiraba entre aquella gente de sonrisa fácil.

Sangre torera
Acuarela (1928)
55 x 129 cm

Recordó su adolescencia, en el ámbito de una sociedad victoriana, severa y puritana. Recordó su juvenil afición a la lectura de temas mitológicos y la inevitable consecuencia de acabar pintando desnudos de diosas. Desnudos femeninos que a su familia le habían parecido obscenos y pecaminosos, y que le habían costado acabar internado en un estricto colegio inglés. 

Al final, su rebeldía ante los convencionalismos, su lucha contra la oposición familiar y una paciente formación artística lo habían convertido en un pintor romántico de relativa fama.

 



La Cenicienta
Óleo sobre lienzo (1932)
104 x 132 cm

A su primera exposición a los 20 años, en el Real Instituto de Londres, le siguen tiempo después exposiciones en el Salón de París y en la Bienal de Venecia. Aquella etapa de pintor de temas mitológicos (con clara influencia de Boticelli, según los críticos propensos a buscar parentescos y paternidades) es la que le proporcionó éxito. Podía presumir de que incluso los reyes de España visitaran en 1918 una exposición suya en el Palace de Madrid, y de que el Patrimonio Nacional adquiriera una de sus obras. 

Apperley había quedado impactado por el embrujo de Granada y por los elementos pictóricos que ha encontrado en este pueblo. La mujer morena y algunos tópicos andaluces pasan a mezclarse con sus mitológicas diosas rubias. Y comienza a pintar a lo Julio Romero de Torres. Con una magnífica técnica, plasma a la acuarela a las bellísimas mujeres que le rodean. Los que conocen los diferentes procedimientos pictóricos, saben la extraordinaria dificultad que supone pintar “al aqua”, de forma academicista, figuras femeninas en formatos de gran tamaño.
 
La acuarela no admite errores. Los colores claros son la transparencia del propio papel bajo suaves veladuras. La pintura blanca no existe. El recurso del óleo de tapar un color más oscuro con tonalidades más claras, no es posible en la acuarela. Aunque lo paradójico es que, posiblemente debido a que el soporte de papel es más frágil y más propenso al ataque de hongos que el lienzo, la acuarela sea considerada como un procedimiento de menor rango y de cotización inferior a la del óleo. 

Hay quien acusa a la acuarela de ser un procedimiento efectista y amanerado. Esto último puede ser relativamente cierto en algunos artistas contemporáneos, pero no en la pintura academicista y figurativa como la desarrollada por Apperley, Tapiró o Fortuny, el gran maestro de la acuarela.

Apperley pinta según su capricho, tanto a óleo como a acuarela, mientras en Granada lleva una


vida de bohemia y libertad, radicalmente opuesta a la que le había tratado de imponer su familia. 

Según sus apuros económicos el gitano inglés vendía sus cuadros por cuatro “perras gordas”. No le importaba desprenderse de su obra si con ello podía seguir gozando de la vida y del entorno que él había elegido. 

A principio de los años 30, cuando Federico recreaba en sus versos una Andalucía onírica e inédita, Apperley pintaba un folclore comedido sin excesivos tópicos ni panderetas. De aquella época son “Mantón de Manila”, “Sangre torera”, “Cante jondo”, etc. en los que siempre estaba presente la mujer andaluza de negros ojos y melena como noche sin luna.

Canción malagueña
Acuarela (1931)
54 x 129 cm

Durante la Guerra Civil española se trasladó a Tánger, donde la luz y el decorado moruno tenía un ligero parecido con la Granada que había abandonado. Allí alternó los temas mitológicos con los andaluces y se inició en los africanos. En esta etapa, su maestría como pintor ya estaba bien reconocida y consolidada.

Años después, en 1945, este andaluz de elección, recibe la encomienda de Alfonso X El Sabio, y en 1951 es elegido Académico de Honor de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, de Málaga. 

En 1960, un coro de ángeles gitanos y deidades de ojos negros se lo llevaron para siempre al Paraíso donde los artistas viven sus sueños eternos.