por A. Guerrero ags@ctv.es

 

 

 


Cuando uno, removiendo en el polvoriento baúl de nuestra historia, descubre que al que se le considera el  “Padre de la Cirugía Moderna” era un andaluz, siente a la par orgullo y vergüenza. El motivo del orgullo no es necesario aclararlo. La civilización de Al-Andalus estuvo leguas por delante de la del resto de todas estas tierras que luego se llamaron Europa, y uno se sabe  descendiente de aquellos iluminados que tantas innovaciones aportaron a la historia de la cultura.
La vergüenza es por la desidia y falta de interés de generaciones de educadores que prefirieron el conocimiento memorístico de la inútil relación de los reyes godos (que por otra parte poco o nada aportaron a la humanidad) a la de unos cuantos nombres de musulmanes andaluces que destacaron en los más variados saberes. Y no podemos culpar sólo a los que nos han impuesto una “historia oficial” y unos libros de texto. Todos nosotros, en mayor o menor medida, hemos caído –por comodidad, o por falta de estímulos- en el pecado de ignorar nuestras raíces y nuestra propia cultura.  

El impronunciable nombre del considerado Padre de la Cirugía moderna, Abul Qasim Khalaf ibn al-Abbas al-Zahravi, tiene, al igual que la mayoría de los nombres de aquella época, una especie de nick, sencillo y occidentalizado, en esta caso Albucasís o Abulcasis, ya que de ambas formas aparece escrito. 

Abulcasis nació en el año 936 en Zahara, el barrio real de Córdoba, capital del Imperio musulmán. Una Córdoba que rivalizaba en esplendor con las más importantes ciudades del mundo conocido, e incluso con la lejana Bagdad que sirvió de inspiración para las más bellas leyendas.

La fama le llegó a Abulcasis tras escribir una vasta enciclopedia médica, en treinta volúmenes o tratados, donde no sólo recopilaba todo el conocimiento médico, farmacéutico y de cirugía de la época, sino que, además, hacía importantes aportaciones creando instrumental y procedimientos quirúrgicos. Hoy resulta curioso, por no decir casi infantil, la aproximada traducción del título de su obra Al-Tasrif li man ajaz an-il-talif (o Kitâb al tasrîf liman ‘agiza ‘an al-ta ‘âlif) “Una ayuda a los que carecen de la capacidad de leer libros grandes”.


Esta obra es conocida abreviadamente por “el Tesrif”. Tres de sus volúmenes están dedicados a la cirugía y, con diferencia, es la parte más importante de la obra, de ahí la adjudicación de la “paternidad” de la cirugía moderna. El último volumen ofrece gran número de esquemas de más de doscientos instrumentos quirúrgicos, muchos de ellos desarrollados por él mismo.

Da también una detallada descripción de sus intervenciones quirúrgicas y de sus tratamientos, incluida la cauterización, rotura de piedras de la vejiga (una anticipación de casi diez siglos a la reciente litotricia), cirugía del ojo, del oído y de la garganta, ginecología e intervenciones para la eliminación de fetos muertos, amputaciones, vivisecciones, etc.

Fue el primero en emplear hilo de seda para la suturación de las heridas, así como el primer médico que ofreció una completa descripción de la sintomatología y características de la hemofilia. Como experto cirujano maxilar estudió la alineación de los dientes y la forma de corregir los defectos de estos, así como el implante de huesos de animales para restituir piezas perdidas.

Como médico prescribía el uso de diuréticos, purgantes, baños calientes, y empleaba habitualmente la fitoterapia, es decir, tratamientos basados en las plantas. Cita en sus recetas, entre otros, el hinojo, la ruda, el malvavisco, el azafrán, la cúrcuma, etc.

Sus dotes y conocimientos como dietista son destacados por los expertos. En el capítulo dedicado a la dietética medicinal, detalla la importancia de cada alimento en relación con su diferente naturaleza. No obstante, algunas de sus afirmaciones podrán provocar, hoy en día, más de una sonrisa: “Los huevos de avestruz son muy eficaces para las personas que han de hacer mucho ejercicio, pero producen cólico, flato y vértigos, por lo que su ingestión debe ir acompañada de orégano y sal”.

 También, en contra de los preceptos de la religión musulmana, aconsejaba en algunos casos la alimentación con carne de cerdo por ser muy nutritiva, pero avisaba que ésta producía molestias digestivas si no se  sazonaba con mostaza y se sometía a un buen asado.

 

 
En su faceta de farmacéutico, ya que estas profesiones de sanadores del cuerpo estaban estrechamente ligadas por aquel entonces, describía un abundante utillaje, desde instrumentos para la elaboración de píldoras o pastillas, hasta los sistemas de filtrado, pasando por la recomendación de las vasijas más adecuadas para una prolongada conservación de los específicos.

La obra magna de Abulcasis, el Tesrif, compendio de los conocimientos médicos de una época, le sobrevivió durante siglos. Fue traducida a casi todas las lenguas cultas, entre ellas el hebreo e incluso el provenzal. Abulcasis, este casi desconocido andaluz, que atrajo alumnos y pacientes desde los más lejanos confines, falleció el año 1013 de la Era Cristiana.

Algunos sociólogos e historiadores se sorprenden por la riquísima cultura que se desarrolló en Al-Andalus durante la décima centuria, y coinciden en que este fue el resultado de una cuidada educación y de una espléndida cultura de masas. No en vano Córdoba estableció la primera Universidad del mundo.

Y aquí volvemos a encontrarnos con los seculares detractores que nos niegan el pan y la sal. Para algunos autores, ésta no era propiamente una Universidad, y se basan en que en la fundación de la “madrissa” cordobesa no había intervenido el Estado califal. Olvidando que, si bien los emires y califas andalusíes no crearon estudios de tipo “oficial”, sí se esforzaron en atraer a Córdoba -ofreciéndoles importantes emolumentos- a los más destacados sabios en las distintas materias, para que, en plena libertad, impartieran clases públicas.

El resultado que se alcanzó, haber situado a Al-Andalus como el centro mundial de la cultura de la época, demuestra lo acertado del enfoque de esta Universidad abierta.

Tendría que hacer un ruego a las generaciones actuales. Ya que no nos lo hicieron conocer de niños, al menos, de adultos, recordemos el nombre de Abulcasis. Uno más de los muchos andaluces universales que no han sido tratados históricamente con el reconocimiento y honor que merecían.