por A. Sánchez de la Vaquera sanchez_de_la_v@ctv.es  


 

 

 

Para muchos andaluces de la zona occidental, la Alpujarra suenan a tierras lejanas con connotaciones a miel de tomillo y romero. Esta bellísima región, de extraordinarios y variados paisajes, encierra grandes sorpresas para el viajero que la visita. 

Desde descubrir que los pueblos más altos de España en lugar de encontrarse en los Pirineos, como muchos erróneamente podrían suponer, se encuentran dentro de esta Andalucía de altas cumbres, hasta conocer algunos retazos de la historia de Al-Andalus. 
En este recorrido no se puede esperar el encuentro con grandes monumentos hechos por la mano del hombre -aunque la Naturaleza lo haya compensado, con creces, dándole majestuosos y monumentales paisajes- pero sí pequeños pueblos encalados en los que parece respirarse un poco de la vieja civilización hispano-árabe que la habitó hace más de 500 años.

Y hasta podrá preguntarse por el misterio de los nombres, aparentemente gallegos, de muchas poblaciones: Capileira, Pampaneira, Pórtugos, Pitres, etc. Aunque esto tiene fácil explicación y menos de 250 años. Carlos III decretó, en 1766, entregar 25 reales a quienes poblaran aquella casi desértica zona, y el fermento, por lo que se ve ya latente, del espíritu de emigración de los gallegos, movió familias de otra cultura a aquella zona. Con sus pobres bártulos también trajeron su morriña y bautizaron a sus nuevos pueblos, aquellos pueblos tan distintos de los de su geografía, con nombres que le recordaran a su tierra.

Hay quien dice que la puerta natural de entrada a la Alpujarra es Lanjarón, ese pueblo que, en cierta medida, recuerda al viejo aguador que recorría fiestas y pueblos con un cántaro y unos vasos calmando la sed de las generaciones pre-cocacolas, ya que, generoso, ha repartido su excelente agua minero-medicinal más allá de los límites de Andalucía. Y al pasar por Lanjarón un breve paseo permitirá admirar a vista de pájaro el rocoso castillo, obra andalusíes islámicos, en el fondo de un barranco, y a la impresionante peña rojiza que le contempla desde la altura.

Por la serpenteante carretera C-333 se sube hasta Orgiva, donde en los tiempos nazaríes disfrutaban de una rica y fértil huerta, la que, debido al desconocimiento y torpeza de los repobladores y de sus descendientes, casi convierten en un erial.

 

   La carretera acentúa su pendiente y va dejando atrás a pequeños pueblos pegados sobre la empinada sierra al tiempo que despliega maravillosos paisajes. Por estas alturas se encuentran cuevas que horadan la montaña y sirvieron de refugio a las partidas de bandoleros que, impunes, marcaron su ley por aquellas tierras durante unos trescientos años, hasta el siglo XIX.

Se llega a Pampaneira cuando uno se encarama por encima de la cota de los 1.000 metros de altitud y conoce uno de los tres pueblos blancos, con su característica arquitectura escalonada y casas con techos planos, a base de rollizos, piezas de pizarra y "launa". 

Desde Bubión, ya a casi 1.300 m de altura, se asombra uno ante el profundo barranco de Poqueira, a donde los gallegos repobladores trajeron sus meigas y duendes. 

Cuando se llega a Capileira, el cielo parece que se toca con las manos. La atmósfera limpia y sus paisajes atraen a un turismo que, por cuatro perras, disfruta de alojamientos de gran confort a precios increíblemente económicos. Por encima, en dirección norte, ya no existen pueblos. Sólo se alzan montañas y nieves perpetuas que blanquean las cumbres del Veleta (3.434 m) y del Mulhacén (3.481 m).

Tras Pitres, nos da la bienvenida Pórtugos donde el viajero puede hacer un alto para paladear el extraño gusto del agua ferruginosa de la Fuente Podrida. Y para quitar el sabor de la boca nos espera Trevelez con sus fabulosos jamones. En altura, Trevelez, compite con los pueblos más altos de Europa y puede presumir de ser la población habitada más alta de España. También detenta con orgullo haber creado, para sus jamones de puro ibérico, la primera denominación de origen de nuestro país, nada menos que en 1862. 

Posiblemente los repobladores gallegos fueron los autores de la leyenda de que las brujas que deambulan por aquellas montañas montan guardia durante las noches, para que los fríos vientos del Mulhacén curen adecuadamente los jamones. 

Y algo de brujería tiene que haber para que una carne llegue a transformarse en tan exquisito manjar.

 

Bajando desde Trevelez hacia el sur, se divisa de telón de fondo la Sierra de Contraviesa. Y se siguen encontrando pueblos humildes pero singulares. Cástaras con su profundo tajo, Timar con afloramientos de gamas de azules y violetas que avisan de que en sus entrañas abunda el mercurio y que fue destino de alquimistas que buscaban uno de los tres elementos esenciales para conseguir la "piedra filosofal". 

Tras dejar atrás otros pequeños pueblos, nos encontramos con Yegen, que fue tierra adoptiva, desde 1920, de "Gerardo", aquel escritor y viajero ingles que se enamoró profundamente de estas tierras. Gerard Brenan (1894-1987) nos legó páginas que nos han permitido conocer más profundamente al alma de los alpujarreños. Atraída por la amistad de Brenan y por sus descripciones, hasta Virginia Woolf se acercó a admirar aquellos soberbios paisajes y a tratar a su gente.

Y aunque el nombre de Alpujarra sigue en discusión si proviene de Abu Xarra, lugarteniente de Tarik, o de la expresión Albug Scharra, que significa algo así como "montaña de hierbas y pastos", hay otros nombres cuyo origen está bien claro, como el del siguiente pueblo que podemos encontrar, Válor. 

Cuenta la historia que los moriscos desalojados del Reino de Granada se refugiaron en la Alpujarra. Un supuesto descendiente de la dinastía Omeya, Fernando Válor, cuyo nombre musulmán -mucho más enrevesado- era Muley Mohamed Aben Humeya, plantó cara a los ejércitos de Castilla encabezados por don Juan de Austria, en el siglo XVI. Hasta los tercios de Flandes, poderosa fuerza bélica, tuvieron que trasladarse a la Alpujarra para que, según la leyenda, hicieran teñir de rojo los regajos y riachuelos de aquellas tierras, con la sangre de los moriscos.

El recorrido, según el gusto, puede estar llegando a su fin, si desde Ugíjar, donde se descubrieron los restos de una villa romana y se puede adquirir cerámica de estilo andalusí, nos dirigimos a Almería. La otra opción es continuar recorriendo otros pueblos, que se encuentran algo más al sur y por encima de la Sierra de Contraviesa.

En el maletero del coche tal vez nos acompañen, durante el viaje de regreso, recuerdos adquiridos en este bello recorrido. Artesanías de diverso tipo: cerámica, mantas, etc. y frutos de la tierra: miel, vino, mermeladas caseras, pestiños... y el incomparable jamón de Trevelez.