por Mª Ángeles Martínez


La inventiva y el ingenio son cualidades que han despertado siempre la admiración del pueblo llano. Porque en el fondo pensamos que esa sencilla idea, que ha enriquecido al que la desarrolló, se nos podía haber ocurrido a nosotros. 

Cuando de pequeño compraba aquellos caramelos cónicos con un palito, a los que llamábamos "pirulís", ni con mi más juvenil y desbocada fantasía habría llegado a pensar que bastantes años después un caramelo redondo y con palito (similar a aquellos "pirulís" pero rebautizado con el nombre de Chupa-Chups) podía ser chupeteado por los niños chinos, moscovitas o americanos al mismo tiempo, gracias a un industrial español. Aunque los que conocemos los entresijos de la comercialización sabemos que la idea sencilla, caramelo-y-palito al precio “redondo” de una peseta (en sus inicios), ha sido arropada por una eficacísima organización de marketing, que es la que tiene el verdadero mérito de haberle elevado a la categoría de multinacional del caramelo.

Pero nuestro país, tierra de personas ingeniosas también ha sido tierra de pícaros. El periodista Enrique Rubio, antiguo colaborador de “El Caso”, una publicación que a base de crímenes terroríficos llegó a ser el de mayor tirada de la deprimida España de la posguerra, mantuvo hace años dos espacios fijos en televisión dedicados a la inventiva y a la creatividad. 

No obstante, entre los muchos inventores, premiados algunos con medallas de oro por la originalidad de sus aportaciones, también mostraba, a veces, “inventores” de una extraordinaria papanatería. Como aquel que afirmaba que los vehículos podrían circular por carretera sin consumir combustible, siempre que éstas tuvieran un ángulo de pendiente suficiente. Es decir, bajarían por inercia cuesta abajo. Para el regreso, él veía una solución bien simple, habría que construir otras carreteras que tuvieran las pendientes en sentido contrario.

Pero mucho más interesante era el programa dedicado a los timos. Aquellos timos increíbles con los que habían estafado a las generaciones anteriores. Explicaba los casos con todo lujo de detalles, para alertar a los incautos. Desde el que vendió un tranvía en Madrid, a los timos de "la estampita", de “la guitarra” o del “toco-mocho”. 

En casi todos los casos la ambición desmesurada de los timados, y la ilegalidad de su comportamiento, impedían que progresaran las denuncias y el castigo correspondiente hacia los timadores. Cada época tiene su forma de estafar y de engañar. Ahora, amparándose en las nuevas tecnologías: tarjetas de crédito, internet, etc. y, antes, de una forma más sencilla y rural.

No voy a descubrir la sopa de ajos si digo que hace más de mil años también se las ingeniaban para timar y estafar a la gente, ya que esto tiene que suceder desde Adán y Eva. Y en este caso tengo mis dudas si la timadora fue Eva o la serpiente y la otra actuaba de “gancho”. 

En el “Manual del perfecto Salib al-Suq o Zabazogue”, a través de la versión francesa de “L’Espagne musulmane au Xème sècle” he encontrado un timo que se perpetraba en Al-Andalus, en el mercado de esclavas, de hace más de mil años:

“Los mercaderes de esclavos, declaraba el muttasib de Málaga, disponen de mujeres ingeniosas y dotadas de una gran belleza que poseen a la perfección la lengua románica y que saben vestirse como las cristianas. Cuando algún cliente que no es de la ciudad les pide una esclava recién importada del país cristiano, el mercader le promete que se la encontrará pronto y le hace desear vivamente la realización de su deseo; pero le va dando largas esperas de un día para otro, mientras entretiene su esperanza.

Al final le presenta una, asegurándole que se halla extenuada del viaje, ya que la acaban de traer del norte. Al mismo tiempo se ha asegurado el concurso de su compadre, que pretende ser el dueño de la esclava y a quien corresponde recibir el dinero. 

Le dicen que acaban de comprarla en la Frontera superior y que la ha pagado muy cara, encantado, sin embargo, de poder traer una esclava de importación reciente y de poder presentarla como una cosa rara. 

Una vez terminado el negocio, los dos compadres se reparten el dinero con la “esclava”. Y ésta se va en seguida con su comprador al lugar de su residencia.

Caso de estar satisfecha del trato que recibe, aprovecha la situación para pedir que la liberte y se case con ella.

 En caso contrario, da a conocer su condición de mujer libre y lleva ante el oficial de la policía judicial de la localidad donde se encuentra sus documentos de istirá (es decir los documentos que la habilitan para obtener la rescisión de un contrato) y los demás que acreditan, sin ningún género de dudas, sus derechos de mujer libre. 

El comprador, con el contrato de compra y con el acta que le obliga a concederle la libertad, vuelve entonces para hacerse rembolsar, por el vendedor, la suma pagada por la mujer.

 Pero el mercader de esclavos declara ignorar dónde vive el vendedor y dice sólo: “Era un hombre bien conocido como comerciante e importador de esclavas cristianas y de otros sitios.” 

Y resultan vanos todos los esfuerzos del desgraciado, que pierde su dinero.”