por A. Sánchez de la Vaquera sanchez_de_la_v@ctv.es

Habitaron el lugar hace unos cuatro o cinco mil años. Y no fue una tribu aislada, sino, por el contrario, sus componentes tuvieron que mantener un importante tráfico comercial e intercambio de riquezas con lugares lejanos. De otra forma no se entendería que en las tumbas de los habitantes de aquella cultura megalítica, de la zona de Los Millares de Santa Fe de Mondújar, en la actual provincia de Almería, se encontrara marfil de cuernos de hipopótamo, cáscaras de huevo de avestruz, azabache, turquesas y ámbar.

Los objetos hallados orientan sobre el desarrollo de la cultura y la vida de aquellos "andaluces" de hace cinco mil años. Los primitivos telares y los husos demuestran que no se limitaban a vestir con pieles de animales. Los objetos y adornos de oro, plata, cobre y plomo demuestran que aunque básicamente fueran cazadores y campesinos que cultivaban cereales y lino, también tenían conocimientos metalúrgicos.

La cerámica encontrada son restos de utensilios que posiblemente empleaban para beber y disponer los alimentos. Las puntas de flecha, de cuidada manufactura, nos hacen pensar en que estas armas podían haberse empleado tanto para la guerra como para la caza. E igualmente las hachas de piedra encontradas hacen suponer que tenían un doble uso, como arma contundente de defensa, y para la tala de árboles y obtención de madera, en los húmedos bosques de aquella época. Aquella primitiva sociedad tenía imaginación y conocimientos para construir gruesas murallas, acueductos y sepulcros.

Los arqueólogos aún dudan sobre contra quiénes fueron construidas las fortificaciones que rodeaban el poblado. Si eran iberos que se amurallaban para defenderse de otras tribus que pudieran merodear por los alrededores, o, si por el contrario, ellos fueron el pueblo invasor, procedente de otras tierras, y defendían sus vidas y propiedades de los feroces, y posiblemente más primitivos, indígenas. Al examinar la orografía y condiciones geográficas del lugar, se percibe que el asentamiento había sido elegido cuidadosamente para protegerse con las defensas naturales del despeñadero del torrente de Andarax, las laderas de la sierra de Gádor y la rambla de Huéchar, a los que se añadieron murallas y fosos en las partes más débiles.

La persona que primero estudió la necrópolis y el poblado fue un ingeniero de minas belga, Louis Siret, director de la Compañía Minera de Sierra Almagrera, que incluso escribió el libro "Les premiers ages du Métal dans le Sudest de l'Espagne".

La primera excavación se llevó a cabo en 1892 y durante un periodo de seis meses se encontraron más de cuarenta tumbas. Algunos estudiosos atribuyen a Pedro Flores, capataz de Siret, el mérito del descubrimiento, puesto que éste cabalgaba por todas aquellas tierras con gran frecuencia. Flores, a su vez, fue quien remitía a Siret cumplida información de todos los detalles encontrados en las excavaciones, reflejándolo en unos cuadernos de notas que se conservan en el Museo Arqueológico de Madrid.

Poco después, todas las desgracias se abatieron sobre las excavaciones. La codicia de los saqueadores produjo graves destrozos sobre las tumbas, los agentes meteorológicos, en especial las lluvias, erosionaron las zonas abiertas.

Pero el mayor acto destructivo fue producido por la construcción de la carretera Almería - Linares, ya que emplearon para el firme piedras procedentes de la necrópolis. No se puede achacar este comportamiento vandálico a la incultura de los obreros que trabajaban en la obra, puesto que tuvo pleno conocimiento del mal uso que se le daban a aquellas piedras el propio Departamento de Ingeniería del Estado.

Cuando Louis Siret volvió a visitar Los Millares en 1915 quedó enormemente afectado por el desolador aspecto que presentaban las excavaciones. En 1949, con motivo del Congreso Arqueológico del Sudeste de España, se redactó un informe en el que se denunciaba el lastimoso estado de estos yacimientos.

A partir de 1953 se reiniciaron las obras, en las que colaboraron diferentes arqueólogos extranjeros, como Edward Sangmeister, Beatrice Blanc y Celia Toop.

La importancia de Los Millares respecto a otros yacimientos de periodos tan tempranos, reside -aparte de en sus dimensiones- en que es el único que reúne un poblado y un cementerio juntos.

Ni en Portugal, Irlanda ni en otros yacimientos españoles se ha encontrado esta coincidencia.

Cuando fue descubierto, el cementerio de Los Millares constaba de unas cien tumbas que presentaban el aspecto de pequeños volcanes. En cada uno de los enterramientos había restos de varios individuos, y las de mayor dimensión albergaban hasta cien esqueletos. Aunque la mayor parte eran enterramientos, también aparecieron algunos restos humanos que habían sido incinerados.

Estas tumbas son de mayores dimensiones de lo que podríamos suponerle a un grupo humano megalítico. La tumba hoy catalogada como nº 1, y única construida dentro del poblado, está cubierta por un túmulo de tierra de 16 metros de diámetro. Se componía de atrio corredor y cámara. El atrio que servía de entrada al monumento funerario, era al mismo tiempo lugar de ceremonias fúnebres.

En él se encontraron fragmentos de cerámica, ya que parece que los objetos “se mataban” y destrozaban al igual que la vida de su propietario. El corredor tiene unos 6 metros de longitud y 1.20 de ancho. Está dividido en diferentes secciones que separan unas grandes piedras horadadas como su fueran la entrada de una perrera –característico de las tumbas megalíticas- y que parece tenían el objeto de obligar a los visitantes a inclinarse y así rendir homenaje a los difuntos.

Al final se accede a la cámara mortuoria, propiamente dicha, de forma circular y de 3,45 m de diámetro. Los muros están formados por 17 piedras de pizarra lisa, que están meticulosamente engarzadas entre sí, debido a una talla especial llamada “cola de milano”, que ensambla las piedras y les ofrece gran resistencia.

En los últimos decenios estos yacimientos arqueológicos han sufrido la barbarie de sus visitantes. En las paredes han aparecido pintadas políticas y declaraciones de amor, han destrozado algunos de los restos arqueológicos y la basura ha sido esparcida frecuentemente por todas las viejas excavaciones.

Es doloroso que un yacimiento de esta antigüedad haya sido, no sólo maltratado por los visitantes, sino prácticamente olvidado durante mucho tiempo por parte de las autoridades responsable de nuestro patrimonio cultural.