A.G.S.
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Si el maestro Quiroga hubiera seguido los pasos que le marcaba su padre, Sevilla habría tenido un buen artesano grabador, pero España hubiera perdido la música de un inspirado compositor. Pero, por suerte, mientras el niño, con poco más de siete años, trabajaba habilidosamente con los buriles en su cabeza bullían melodías y canciones. De oído tocaba sevillanas y pasodobles al piano, a los ocho años. Un organista que le oyó tocar se ofreció a enseñarle música, y la criatura tendría madera de músico ya que tres años después ya tocaba el órgano en la iglesia de los Jesuitas de Sevilla, la de la calle Jesús del Gran Poder. Eso sí, por cuatro perras gordas, por lo que su padre veía más futuro para él con los buriles que con el teclado.

El maestro Manuel Quiroga, último de los nombres del terceto Quintero, León y Quiroga, no se llamaba exactamente así. En realidad su primer apellido era compuesto y llevaba un López, pero como tantos artistas y personajes, famosos prefirió simplificarlo. Su nombre completo era Manuel López-Quiroga Miquel. Nació casi a finales del siglo XIX, en Sevilla, exactamente el 30 de Enero de 1899. 

Manuel Quiroga, que iba para artesano, tuvo que tener muchas otras inquietudes y un buen deseo de aprender. Estudió el grado elemental de Magisterio. Con el beneplácito paterno asistió a las clases de Dibujo y Pintura en el Museo de Sevilla. Y por vocación personal estudió en el Conservatorio Municipal de Sevilla: piano, armonía y composición. Eduardo de Torres, que era en ese momento el maestro de capilla de la catedral de Sevilla, acabó de redondear la formación musical del joven  Quiroga. 

La actividad musical de Manuel va ocupándole cada vez más tiempo. Ahora, además de la música sacra que desgrana en el órgano de la iglesia de los jesuitas, toca en los intermedios de los teatros, pone  fondo musical a las películas mudas y acompaña en los locales de cuplés. 

Tras “servir al rey” en Vitoria, como llamaban al servicio militar, y librarse de luchar en Marruecos gracias a unas oportunas fiebres, regresó a Sevilla. Ya cobra cuatro pesetas diarias por tocar el piano en los intermedios del teatro San Fernando. Pero su verdadera vocación es la de compositor y se atreve, de momento, con canciones y zarzuelas de un solo acto. 

En el Teatro del Duque estrena Sevilla, que grande eres y La niña de los perros, ambas con libreto de Antonio García Rufino, y El Cortijo de las Matas y El presagio rojo, con libreto de Fernando Márquez. Sus primeras canciones, La velá de San Juan y el Fox-trot gitano, que estrena “Dora la Cordobesita”, le proporcionan alguna popularidad.  Pero, como en los toros, para alcanzar la fama había que triunfar en Madrid. 

En 1929 se traslada a la capital, donde sigue tocando en teatros y cabarets mientras compone y estrena zarzuelas y canciones. A pesar de algunos pequeños éxitos, la música no le da para vivir y tiene que recurrir a su oficio de grabador. Así sigue entre 1929 y 1932, como maestro de fábrica en "Arnillas y Matallana" y troquelando imágenes de vírgenes y santos, esperando el anhelado triunfo musical. Quiroga no lo tiene fácil. Para un compositor de su cuerda, había tres posibles salidas. La zarzuela, que comenzaba a derivar hacia espectáculos arrevistados en los que el lucimiento físico de las vedettes tomaba cada vez mayor importancia. El cuplé, picante y provocativo, cuyas letras eran cada vez más adocenadas, y la canción regional folclórica que para muchos era un flamenco adulterado. Quiroga opta por ésta última, la tonadilla, a la que da una dignificación de la que hasta entonces había carecido. 

En 1931 conoce a Rafael de León. Ambos son sevillanos, con profundas raíces andaluzas, y se produce entre ellos una perfecta compenetración. Los inspirados romances y letras de Rafael dan pie al músico para componer sus primeros grandes éxitos. Con estos argumentos en la mano, Quiroga pudo convencer fácilmente al padre de Rafael de León, para que el aristócrata permitiera a su hijo dedicarse a la literatura y a escribir letra de canciones. La naciente copla se va imponiendo. Por fin, sobre 1933, Quiroga puede dejar definitivamente el grabado. Cuando todo parece tan prometedor, aparece el horror de la guerra civil. 

Se paralizan los proyectos y se divide el país en dos zonas. La nueva moral de los vencedores “de la Cruzada” borra del mapa los cuplés picantes y desvergonzados y estimulan la canción genuinamente española, aunque en verdad se trataba de un estilo en el que predominaba lo andaluz y lo aflamencado.

Además de Rafael de León surgen otros letristas: Xandro Valerio, José Antonio Ochaíta, Salvador Valverde y Antonio Quintero, con los que también colabora el Maestro Quiroga. Éste último forma parte del triunfante trío Quintero, León y Quiroga. En los años sesenta, tras cuatro lustros de éxito, el maestro Quiroga y el estilo de copla que él había creado, comienza a decaer. Se impone otro tipo de música más internacional y se repudia, por algunos, la canción folclórica que parecía recordar al franquismo.  

Sin embargo, en 1986, cuando el Maestro Quiroga cumple 87 años, parece que se redescubre su dimensión como músico. Se le nombra Hijo Adoptivo de Madrid y la Sociedad General de Autores de España y el Ministerio de Cultura organizan un gran homenaje en su honor. La Orquesta Nacional de España ofreció un concierto, en el Teatro Real de Madrid, con veintidós de sus más afamados temas, arreglados y orquestados por músicos de la categoría de: Carmelo Bernaola, Fernando García Morcillo, José Nieto, Tomás Marco y Luis Cobos entre otros. Al homenaje no faltaron los intérpretes de sus canciones, especialmente Conchita Piquer, a la que el diminutivo Conchita ya se le había sustituido por "Doña Concha". 

Quiroga falleció en Madrid cuando le faltaba un mes y medio para cumplir los 90 años, el 13 de diciembre de 1988, y fue enterrado, con escasa asistencia, en el cementerio de la Almudena. La noticia de su muerte pasó bastante desapercibida, posiblemente por coincidir, además, con que en ese mismo día, el 15 de diciembre, estaba convocada una huelga general que casi paralizó España. Su inmensa obra, más de tres mil composiciones, en su gran mayoría canciones y coplas, son una prueba de la enorme actividad que desarrolló durante toda su larga y fecunda vida. Sus canciones siguen y seguirán vivas durante muchos años. De vez en cuando alguien rescata y versiona un ¡Ay, pena, penita, pena!, una María de la O, u otras de sus inolvidables coplas. 

Con motivo de su muerte alguien escribía en ABC: Manuel Quiroga es el mejor ejemplo de algo que siempre he sostenido con fe absoluta: no hay géneros buenos o malos; hay, en todos, músicas logradas y otras que no lo son. Una sinfonía puede ser detestable y un pasodoble ofrecerse como música maestra. Lo eran las canciones de Quiroga.