Antonio Guerrero ags@ctv.es

 

 

Para algunos, actualmente, su pintura resulta folclórica y localista.  Pero para otros, ni siquiera eso. Como mucho es el pintor de "la mujer morena", -como decía la copla- de la figura de adolescente que se reproducía en el reverso de los billetes de 100 pesetas, y de los calendarios de Explosivos Riotinto que colgaban en tabernas y tiendas de ultramarino.  Una fama escasa e  injusta para un artista que triunfó en vida como pocos, y que fue admirado y reconocido por los intelectuales de la Generación del 98.

En sus años triunfales, Julio Romero de Torres era asediado por las mujeres con el mismo entusiasmo y bobaliconería con que hoy persiguen a cualquier figura destacada de la canción o de la pantalla. María Mudarra, la directora del museo de Julio Romero de Torres en Córdoba, salió hace algún tiempo en defensa de la fama de conquistador que aún envuelve a la persona del pintor y aseguró que "a pesar del acoso, era un hombre recto y equilibrado del que no se conocen amantes ni grandes enamoramientos".

 

Aunque, cuanto menos, este "grandes" resulta algo sospechoso. ¿Significa que fueron aventuras fugaces que no tuvieron mayor trascendencia? La misma adolescente cuya imagen reproducían los billetes de 20 duros, María Teresa López, fue, para las malas lenguas, amante del pintor. Bastantes décadas después, siendo ella casi  septuagenaria, la modelo se quejaba de que este "san-benito" le había impedido casarse.

Es cierto que Julio Romero de Torres, con su esbelta figura y profunda mirada, vestido con capa y sombrero cordobés, tuvo que destrozar corazones. Y además, es posible, que produjera un cierto morbo ya que sus exposiciones estaban llenas de lienzos con mujeres desnudas y retratos femeninos. Incluso toda una leyenda viva de aquella época, como era la morena y cabaretera Josephine Baker, deseó ser pintada por el artista cordobés.

El 9 de noviembre de 1874, Julio Romero nace, nada menos, que en el Museo Provincial de Bellas Artes de Córdoba. Envidiable lugar y cuna para un artista. Su padre, pintor y conservador del museo -cargo similar al del padre del malagueño Picasso- fue, también, superado en éxito y fama por su hijo Julio.

Al padre del artista, Rafael Romero Barros, no le faltaron méritos. Fue un importante pintor e investigador de las artes plásticas cordobesas. Intervino en restauraciones de la Mezquita, fundó el Museo Provincial, intervino en la creación del Museo Arqueológico, participó en la creación de la Escuela de Bellas Artes y formó a toda una pléyade de artistas, y a tres hijos pintores. Rafael que murió joven, Enrique que fue galardonado con la Medalla de Bronce en las Nacionales de 1901 y 1904, y que llegó a ser un destacado crítico de arte e historiador, y Julio el que alcanzó la más alta gloria con sus pinceles.

Julio Romero de Torres inició su vida artística en una época de corrientes pictóricas enfrentadas. El impresionismo que había aparecido en Francia, era seguido en España por Darío de Regoyos y enseñó a pintar la luz mediterránea a Joaquín Sorolla. El retratismo fotográfico en los pinceles de Federico de Madrazo. El realismo tipo Courbet, el dominio preciosista del

reusense Fortuny, el simbolismo francés, el prerafaelismo inglés, el romanticismo inspirador de su padre y maestro... Y el artista fue sedimentando, o como se diría hoy, procesando información, tendencias, gustos personales y oficio. Y con los vaivenes propios de todo creador, acaba pintando muchachas morenas, agitanadas,  con una sólida técnica académica y con unos ligeros toques impresionistas. El atrezzo es marcadamente folclórico: guitarras, mantones de Manila, abanicos,  zarcillos...

Su carácter sociable le facilita conocer, durante su estancia en Madrid, a los más insignes y destacados personajes de la época. Asiste a tertulias con Ortega y Gasset, Jacinto Benavente,  Manuel y Antonio Machado,  Pérez de Ayala y los hermanos Álvarez Quintero. Conoce a Joaquín Costa,  y entabla estrecha amistad con Ramón del Valle Inclán. Con éste participa en la tertulia nocturna del Café Nuevo Levante, a la que asisten artistas e intelectuales de la talla de los hermanos Baroja, Ignacio Zuloaga, José Gutiérrez Solana, Rafael de Penagos... También establece amistad, y pinta para la posteridad, a un joven,  discutido y prometedor matador de toros: Juan Belmonte. "Machaquito", ya figura de los ruedos, también es inmortalizado por el retratista cordobés.

A los 56 años, en 1930, con los laureles de la gloria sobre sus sienes, muere en su casa de la Plaza del Potro, en Córdoba. En señal de luto cierran comercios y tabernas. Su féretro se expone en el Museo Provincial y en el cortejo fúnebre son obreros cordobeses los que le llevan a hombros hasta su última morada en el cementerio de San Rafael. El terreno de la tumba le es cedido a perpetuidad por el Ayuntamiento de su Córdoba natal, donde posteriormente se erige un monumento.