A. Guerrero
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La casi recién nacida criatura, envuelta en sedas y encajes, recibió el agua bautismal en la iglesia de la Magdalena de Sevilla al tiempo que se le impusieron los nombres de: Rafael María, José, Jerónimo, Doroteo, Alberto y Melchor. Sus padres, los Condes de Gómara, José de León y Manjón y María Justa Arias de Saavedra y Pérez de Vargas, no podían suponer que, con los años, su primogénito, aquel miembro de la aristocracia, llegaría a ser el más grande letrista de la copla española. Una profesión que distaba mucho de la que hubieran deseado aquellos padres para el noble recién nacido.

Sería casualidad, pero hay hechos y coincidencias que parecían vaticinar la vocación poética que se fue despertando, de forma paulatina, en el pequeño Rafael de León. 

En 1916, con sólo ocho años, es internado con los jesuitas en el colegio "San Luís Gonzaga" del Puerto de Santa María. Allí coincide con Rafael Alberti. Unos años antes, el que luego llegaría a ser premio Nobel de Literatura, Juan Ramón Jiménez, se había sometido allí, en aquel mismo colegio, a los dictados y ejercicios de redacción tan en boga en aquella época. 
¡Quien sabe si la rebelde y contestataria "jota" que Juan Ramón empleó para suplir el sonido fuerte de la "g", fue la respuesta a una difícil o dudosa ortografía aprendida en aquellas aulas!

Cuando el joven Rafael estudia Derecho en Granada, en 1926, establece amistad con otro genio andaluz de la poesía, Federico García Lorca. La influencia de este poeta en la obra de Rafael de León es indudable; su poesía está empapada de Romancero Gitano y la letra de sus coplas rezuman andalucismo lorquiano, muy adecuado para lo que más tarde se llamaría "canción española". 

Tras sus estudios universitarios Rafael de León no ejerció ninguna profesión o trabajo. Pero en cambio, se ejercitó todo lo posible en la vida muelle del señorito andaluz, cosa que pudo permitirse gracias a las abundantes rentas paternas. Las juergas flamencas en las ventas, los cafés cantantes y los teatros de variedades ocuparon una gran parte de su tiempo en la recién estrenada y permisiva República. 

Estos ambientes le proporcionaron contactos que le abrieron el camino hacia una actividad para la que estaba especialmente dotado gracias a su inspiración poética: la de letrista de canciones. Antonio García Padilla Kola (futuro padre de la que más tarde alcanzaría la fama como cantante y actriz con el nombre de Carmen Sevilla) permitió a Rafael escribir letras que firmaron con el nombre de ambos. 

Aunque la inspiración y la calidad literaria de Rafael de León era muy superior a la de Kola, gracias a este sometimiento, el
aristócrata pudo
introducirse en el mundo, un poco golfo y bohemio, de la música y la canción.

Estas colaboraciones de firma y conveniencia las mantuvo con frecuencia a lo largo de su vida. Con Antonio Quintero, las poesías "Profecía", "Romance de la serrana loca" e infinidad de letras de canciones. En colaboración con Antonio García Padilla Kola, las letras de las canciones: "Coplas", "Arturo", "Cinelandia", "Cine sonoro", "La deseada", "Manolo Reyes" y "Siempre Sevilla". Con el argentino Salvador Valverde, el cuplé "Bajo los puentes del Sena" escrito para la cupletista Raquel Meyer; y las también conocidísimas coplas "¡Ay, Maricruz!"; "María de la O"; "Triniá"; y "Ojos Verdes" una de las de mayor éxito. En colaboración con Ochaíta, la letra de: "Eugenia de Montijo" y algunas más. Con el concurso del poeta Xandro Valerio, las letras de dos de las coplas más famosas de su carrera: "Tatuaje" y "La Parrala".



Conocer personalmente a la cupletista y canzonetista Conchita Piquer, la más destacada figura de la canción de la época, cuando ésta actuaba en Sevilla en el Teatro Lope de Vega, fue un momento de especial importancia en los inicios de la carrera de Rafael de León. Años después, la voz de "la Piquer" y los versos de Rafael hicieron revivir en el alma de las españolas el romántico y efímero amor de un rey: 

Una dalia cuidaba Sevilla
en el parque de los Mompansié,
ataviada de blanca mantilla
parecía una rosa de té.
De Madrid con chistera y patillas
vino un real mozo muy cortesano
y a Mercedes besó en las mejillas
pues son los niños primos hermanos.
Un idilio de amor empezó a sonreír...,
mientras cantan en tono menor
por la orillita del Guadalquivir.

María de las Mercedes...

En 1932 Rafael de León inicia su aventura madrileña de la mano del músico, también sevillano, Manuel Quiroga con vistas al lanzamiento a nivel nacional del trío más famoso de la música española de todos los tiempos: "Quintero, León y Quiroga". Sus más de cinco mil canciones registradas dan una idea de la gran productividad que alcanzó esta asociación. 

Pasada la Guerra Civil, la dictadura de Franco bendijo y promovió un género llamado folclore español, aunque sus orígenes eran puramente andaluces, que le permitía sublimar de forma exagerada lo español frente al rechazo judeo-masónico internacional y al bloqueo económico.

 

 

 

 

 

 

 

 

Aquella generación de racionamientos y carencias, tuvo a cambio una abundante ración de coplas en la naciente radiodifusión. Quintero, León y Quiroga tenían la clave del éxito, poseían "la marca de fábrica" más conocida de la música en aquel periodo. Conchita Piquer y Juanita Reina hicieron populares unas letras de Rafael de León, que a través de rejas, azoteas y balcones se   oía cantar al pueblo con más entusiasmo que voz: 

Embiste, toro bonito,
embiste por cariá.
Morir se me importa un pito
pues nadie me iba a llorá.
Aquí no hay plaza ni nombre
ni traje tabaco y oro,
aquí hay un niño muy hombre
que está delante de un toro.
En matarme no repares,
te concedo hasta el perdón,
y como no tengo mare,
la Macarena me ampare
si me cuelgas de un pitón.


Tras una larga época de éxitos incesantes, se inicia el aperturismo y con él llegan ritmos musicales distintos, especialmente la trepidante música que triunfa en Estados Unidos. Las canciones de Quintero, León y Quiroga ya no sintonizan tan fácilmente con las nuevas generaciones. En la década de los sesenta, una juventud más politizada y antifranquista comienza a despreciar a las folclóricas y a una música que se les antoja más regional que "española". Y comienza un declive que lleva a Rafael de León y sus compañeros artísticos a casi un creciente e injusto olvido. Rafael todavía paladea el éxito, en esta su última etapa, escribiendo letras que cantan Nino Bravo, Raphael y Rocío Dúrcal, llegando a ganar el Festival de la Canción de Benidorm, el año 1965, con "La luna de Benidorm". Incluso consigue que los jóvenes y triunfantes compositores de aquellos tiempos, como Augusto Algueró y Manuel Alejandro, musicaran sus textos.

Cuando fallece Rafael de León, el 9 de diciembre de 1982, en un desapacible atardecer madrileño, nos dice adiós sin haber recibido el merecido homenaje que le correspondía por haber llenado de coplas y poesía popular a unas generaciones que habían padecido la guerra y sus secuelas.