Los hermanos de oro
del teatro español

              A. Sánchez de la Vaquera
               sanchez_de_la_v@ctv.es

Era un jardín sonriente;
era una tranquila fuente de cristal;
era, a su borde asomada
una rosa inmaculada de un rosal.
Era un viejo jardinero
que cuidaba con esmero del vergel,
y era la rosa un tesoro
de más quilates que el oro para él...


El radioyente que escucha con admiración, una vez más, el gran dominio de voz que el cantaor demuestra tener para cantar esta copla, normalmente ignora que la letra es una poesía de los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero. Y es que estos literatos sevillanos apenas son conocidos por las jóvenes generaciones. Su teatro, tan famoso y popular en toda la primera mitad del siglo XX, hoy apenas se representa. En todo caso ha quedado casi relegado para los cuadros de teatro aficionado.

Los Álvarez Quintero formaron un tandem literario fuera de lo común. Cosecharon extraordinarios éxitos tanto en los escenarios como en los radioteatros de la naciente radiodifusión. Un dúo estrechamente ligado y compenetrado, no solo por los vínculos de sangre, sino también por la literatura y por sus apariciones personales. Escribían juntos, saludaban juntos desde las candilejas tras sus estrenos y asistían juntos a las tertulias al uso. Para los críticos y periodistas siempre fue un misterio qué parte de la obra pertenecía a cada uno de ellos. Incluso cuando falleció Serafín (1938) su hermano Joaquín, que le sobrevivió seis años, continuó publicando con el nombre de ambos. No se pudo saber si lo último había sido escrito a dúo o solo por el sobreviviente.

Por aquella época, algunos se arriesgaron a suponer que Serafín, el primogénito, aportaba a la obra común, la reflexión, la "arquitectura" de las obras y el matiz estilístico, como parece corresponder al hermano mayor. En cambio, Joaquín sería al que le correspondía poner la chispa, la vivacidad y la gracia del diálogo. En cierta medida, que el hermano pequeño dictaba sus ocurrencias y las situaciones y el mayor tomaba notas para dar la forma definitiva. También se rumoreaba por aquel entonces, que un tercer hermano, Pedro, mayor que ellos dos, era el árbitro definitivo de cada una de sus creaciones y juez inapelable en sus discrepancias.

 Pero si la participación de cada uno de ellos en la obra común ha quedado celosamente guardado ¿qué criterio siguió la Real Academia Española para nombrar a miembro a Serafín en 1920? ¿Sería por ser el mayor y considerarlo más representativo? De todas formas, cinco años después se corrigió esta desconcertante decisión y Joaquín fue también elevado a los altares de la lengua.

Ambos nacieron en Utrera (Sevilla), Serafín vivió de 1871 a 1938 y Joaquín de 1873 a 1944. Sus inicios profesionales estuvieron siempre íntimamente ligados, incluso cuando ambos eran modestos empleados de Hacienda y soñaban con alcanzar la gloria con sus plumas, empleándolas en quehaceres literarios.

Serafín Álvarez Quintero (1871-1938) dibujado por Ramón Casas

Pero los "hermanos de oro" del teatro español, que escribieron más de 200 títulos entre sainetes, comedias, dramas y zarzuelas, que triunfaron llenando teatros durante casi medio siglo y no conocieron un solo fracaso, tuvieron también irreconciliables detractores. 

Se les acusaba de llevar a los escenarios una Andalucía falsa y dulzona, representada en unas obras en las que un débil argumento estaba cuidadosamente revestido con diálogos chispeantes y alegres, pleno de equívocos, modismos andaluces y sano humor. Una fórmula que encajaba exactamente con lo que el público deseaba ver. En cierta forma un teatro hecho bajo demanda; un teatro optimista y de evasión, sin pretensiones de ser innovador. Un teatro naturalista con una, posiblemente, premeditada ingenuidad en el que se esquivaban las situaciones conflictivas y se aceptaban sólo algunas mínimas dosis de dramatismo, imprescindibles para dar una mayor consistencia a los argumentos.

En el otro lado de la balanza, entre sus defensores, podían situarse a Azorín y a Luis Cernuda. El primero escribía: "Los Álvarez Quintero han traído al arte dramático -y esa es su originalidad- un perfecto equilibrio entre el sentimiento individual y el sentimiento colectivo, entre la persona y la sociedad". Buen piropo del que fue considerado un maestro del lenguaje en su época. Azorín resalta, además, el empleo de la bondad como ingrediente positivo de toda la obra de los escritores sevillanos. 

Joaquín Álvarez Quintero (1873-1944) dibujado por Ramón Casas

Luis Cernuda, posiblemente más certero en sus críticas, afirmaba que en los Álvarez Quintero era muy aguda la observación de la realidad, y deliciosa la representación dramática, solamente viciada, en ocasiones, por el optimismo pueril y apriorístico con que pretendían idealizarla. 

Los hermanos Álvarez Quintero ensayaron todos los géneros teatrales de moda: entremeses, juguetes, sainetes, libretos de zarzuela, apropósitos, pasos de comedia, pasillos, comedias con diferentes actos -en uno, en dos, en tres y en cuatro- y algún drama. Algunos títulos alcanzaron notable popularidad, como: El Patio, La Reja, Las Flores, El Genio Alegre (1906), Amores y Amoríos (1908), Doña Clarines, Malvaloca (1912), Puebla de las mujeres, y las comedias de sabor castizo madrileño como Las de Caín (1908) y Mariquilla Terremoto (1930).
Entre sus colaboraciones en el género lírico pueden contarse: La buena sombra (1898), música de Brull; para el maestro Caballero El traje de luces (1899); para Giménez, Los Borrachos (1899) y El patinillo (1909); para Serrano La reina mora (1903), El mal de amores (1905) y La mala sombra (1906); para Chapí varios libretos, siendo uno de los más populares La patria chica (1907). Los más famosos maestros, como Vives, Guerrero, Luna y Torroba también estuvieron en su lista de clientes.

El patente declive de asistentes al teatro -y más aún a la zarzuela, y a los anacrónicos entremeses, sainetes, etc.- y el gusto cambiante del publico, han arrinconado a unos indiscutibles triunfadores de la primera mitad de reciente siglo XX. Sus apellidos aún siguen siendo conocidos, pero no así su obra que, a pesar de adolecer de una cierta superficialidad, posee una construcción elegante y poética, y una gran riqueza de términos y giros empleados en Andalucía.