Antonio Guerrero  ags@ctv.es

Tal era la perfección de sus tallas que los sevillanos comenzaron a llamarle "el dios de la madera". 
Y algo tendrá el agua cuando la bendicen, porque Felipe IV le encargó que realizara su busto,
y Velázquez, al que con justicia podía habérsele llamado "el dios de los pinceles",  pintó su retrato mientras el escultor modelaba en barro la testa real.
 
Cuando Juan Martínez Montañés posó para Velázquez tendría unos 67 años, mientras que el autor del retrato estaría por los 36. Pero el joven pintor que, casi con seguridad, conocía de nombre y admiraba al escultor desde su niñez sevillana, ya había realizado obras tan imperecederas y geniales como "Los borrachos", "La fragua de Vulcano" y "Las lanzas", aparte de ser, desde hacía tiempo, pintor de la corte.

En 1635 Felipe IV encargó a Martínez Montañés la realización de su busto que debía servir  de modelo, junto con un cuadro de Velázquez, para la estatua ecuestre del monarca que Pietro Tacca fundiría en bronce en Florencia. Como a Velázquez se le antojó pintar el caballo apoyado sólo sobre las patas traseras, la resolución de los equilibrios y los cálculos de resistencia de tan precario apoyo produjo un problema de difícil solución. Se tuvo que recurrir nada menos que a Galileo Galilei.

Galileo escribía a Tacca: "Aun así, vuestra idea me resultó curiosa y lo he tomado como un acertijo a los que acostumbraba a jugar cuando era joven. Por otro lado, colaborar con vos y el maestro Velázquez es una tentación difícil de evitar.

Os anticipo que necesitaréis más de ocho toneladas de bronce para vuestra obra, ya que la parte trasera ha de ser maciza. La inclinación, ángulos y cálculos para el vaciado os lo haré llegar a la mayor brevedad posible. No dudéis que pondré tanto empeño en esta adivinanza como en el más grande de mis proyectos."

¡Qué derroche creativo! Cuatro genios, cada uno en su materia, Martínez Montañés, Velázquez, Tacca y Galileo,  trabajando en la estatua ecuestre de Felipe IV.  La misma estatua que actualmente pasa casi desapercibida en mitad de la Plaza de Oriente de Madrid. Paradójicamente, mucha mayor atención congrega, dentro del Museo del Prado, el cuadro del pintor sevillano "Felipe IV a caballo" que sirvió de modelo. 

La obra de Martínez Montañés trascendió más allá de la escultura, ya que influyó también sobre artistas plásticos. Según los críticos de arte, Martínez Montañés tuvo una destacada influencia sobre  dos pintores de la talla de Zurbarán y Velázquez.

Relicario de pequeño tamaño (sólo 30 cm) destinado a contener un hueso de un mártir. Museo de Bellas Artes. Budapest.

Martínez Montañés que había nacido en Alcalá la Real (Jaén), en 1568, comenzó tempranamente a aprender el oficio en Granada. A los 14 años se traslada a Sevilla donde hay una naciente y prometedora escuela escultórica. A los 20 años, ya con su título de maestro escultor, tallista y maestro de retablos, tiene una clara vocación: la escultura de temas religiosos. La mayor parte de su obra la realizó en madera tallada y policromada, imprimiendo a su imágenes un extraordinario realismo.

El inicio de las cofradías penitenciarias que portaban en procesión sus imágenes religiosas al exterior, a plena luz del día, obliga a los imagineros de la época a una mayor rigurosidad y perfección. Martínez Montañés ajustó su técnica y buen oficio a este nuevo reto, llegando a ser el más destacado maestro escultor del Siglo de Oro.  

Fragmento de "El Cristo de la Clemencia"  (1603-1606). Catedral de Sevilla.
El imaginero supo reflejar en el rostro de Jesús, el ensimismamiento, la soledad y la aceptación ante la  muerte. Tanto las facciones como su anatomía son de un insólito  realismo.  

Detalle de "San Ignacio de Loyola" (1616) Capilla de la Universidad de Sevilla. 

Retablo "La adoración de los pastores" (1609-1613). Monasterio jerónimo de San Isidoro del Campo. Santiponce (Sevilla)  

"Inmaculada" conservada en la Catedral de Sevilla. Por su mirada hacia abajo, los sevillanos le pusieron el mote de "la cieguita"