por A. Sánchez de la Vaquera (sanchez_de_la_v@ctv.es)
Tras su aspecto un tanto chulesco y provocador, de tío currao que está de vuelta de muchas cosas, de golfo noctámbulo y espécimen contracultural, se esconde un extraordinario poeta de hechos cotidianos y urbanos. 

De casta le viene al galgo. Si su  padre escribía sonetos y tenía sobre su mesita de noche a Fray Luis de León y a Jorge Manrique, el niño a los 10 años ya componía versos y participaba en concursos de poesía. Y de ahí a leer ávidamente a  poetas de la más variada cuerda, sólo había  un paso. Y luego, ya se sabe, los amigos hablan de otros autores y Joaquín se acaba embarcando en lecturas de más profundo calado: Joyce, Proust, Marcusse, Sartre... Y, posiblemente, es así como se le despierta el deseo de estudiar Filología Románica.

Joaquín R. Martínez Sabina, aquel joven poeta, tras eliminar esa "R" cuyo significado no es muy conocido y el Martínez demasiado corriente para un artista que se precie, transformaría su nombre en Joaquín Sabina. Mucho más rotundo y original. 

Nació en Úbeda (Jaén) el 12 de febrero del 49 y estudió entre monjas Carmelitas y Salesianos -¡quién lo hubiera dicho!- hasta terminar el bachillerato. 

En 1968 se matricula en Granada para estudiar Filología y se encuentra en una encrucijada, más bien en un yunque, en el que se forjaría buena parte de su futuro. Es el estallido de la generación del 68, del mayo francés, de "la protesta estéril" como le llamaron otros. Como en muchas otras ciudades, en Granada los estudiantes producen revueltas. Franco decreta el estado de excepción. Joaquín ve que la cosa se pone seria y regresa a Úbeda donde cree que estará más seguro junto a su padre que es inspector de la Brigada Político-Social, nada menos.  

Pero la bien engrasada maquinaria policial contactó con el inspector Martínez reclamando en Granada la presencia de su hijo. Joaquín recuerda con admiración cómo su padre cumplió perfectamente en su doble papel: como policía lo acompañó a Granada para que fuera interrogado, y como padre no rechistó en todo el viaje sobre la ideas políticas de su hijo. Al regresar a su pueblo, Joaquín se llevaba con él la pena de tres meses de destierro.

Si alguien piensa que esto le sirvió de escarmiento a Sabina, se equivoca del todo. Su comportamientos contestatarios subieron de tono y pasaron de castaño a oscuro. En 1970, al tiempo que su pluma colabora en la revista Poesía 70, junto con Luis Eduardo Aute y Carlos Cano  entre otros, también emplea  instrumentos más agresivos y peligrosos que la palabra para dejar constancia de sus puntos de vista. La repulsa por el proceso de Burgos la expresa participando, con un grupo de amigos, en el lanzamiento de un cóctel molotov contra una oficina del Banco de Bilbao en Granada. 

Tras esta "aventura" tiene que poner pies en polvorosa. Con el nombre cambiado y un pasaporte más falso que un duro sevillano, inicia su carrera de exiliado político. Es posible que el motivo de recalar por Londres fuera que huyó acompañado por su novia, una inglesita que según él mismo recuerda, "vestía la primera y más gloriosa minifalda que se vio jamás en Granada". 

En 1973 piensa visitar España de incógnito, pero desiste ya que su padre le avisa de que hay orden de detenerlo si lo localizan. Sigue en Londres haciendo de todo un poco, desde okupa a restaurador del grupo teatral "Juan Panero" que representa obras de Bertol Brecht y de autores malditos.

Aunque había hecho algunos pinitos musicales, hasta 1975 no se atreve a escribir y a cantar sus primeras canciones. Aquel año actúa en la "Mexicano- Taberna" delante de George Harrison, el ex-beatle, que celebra su cumpleaños. La felicitación musical de Sabina es recompensada con una propina de 5 libras y con este hecho anecdótico para añadir a su biografía. En 1976 actúa, ante la colonia de exilados españoles, de telonero de Paco Ibáñez, Elisa Serna y de los miembros de la cançó catalana Lluís Llac y Pi de la Serra. De su etapa londinense le queda también el recuerdo de haber compuesto para la BBC la banda sonora de la serie "The last crusade".

En 1977, con la democracia española en pañales, el cónsul en Londres, Fernando Morán (el inteligente escritor que sería después causa de pitorreo con toda clase de chistes y anécdotas falsas) le entrega a Sabina una pasaporte para que regrese a España. En 1978 Sabina tiene el gozo de ver editado su primer elepé. En 1979 va siendo más conocido y firma un contrato con la CBS.  Antonio Flores graba para este sello una de las canciones de Sabina, "Pongamos que hablo de Madrid" que se sitúa la número uno en "Los 40 principales".

En 1980 sale su segundo elepé. Esta década es la primera década triunfal de Joaquín Sabina. Aparece repetidamente en TVE, donde se niega a cantar en playback. Compone para otros cantantes ya consagrados, como Ana Belén y Miguel Ríos. Fernando García Tola le invita a actuar en sus dos etapas de "Si yo fuera Presidente" en TVE. En 1985 rompe con la multinacional CBS y marcha con Ariola. 

La vena política de Sabina sigue latiendo. Interviene en las fiestas pro-referendun para que España salga de la OTAN y estrena "Si te he visto no me acuerdo" en alusión al Gobierno socialista. En las elecciones municipales apoya a su amigo Juan Barranco, candidato a la Alcaldía de la capital. 

En el 87 su nombre sigue en alza. De su "Hotel, dulce hotel" vende 400,000 ejemplares. Un año después saca "El hombre del traje gris" y actúa, en olor de multitud, en Méjico, Argentina y Venezuela.  

En 1989 participa en la creación del sello "Ripio" que desde entonces será quien registre sus canciones. Pero de las dos creaciones de las que se siente más orgulloso es de sus dos hijas, fruto de su relación con Isabel Oliart, nacidas el 89 y el 91 respectivamente.  

Los éxitos y las giras de Sabina se suceden sin solución de continuidad. En 1994 participa, junto con otros importantes artistas, en la gira "Mucho más que dos" de Ana Belén y Víctor Manuel. En el 95 colabora en el programa de televisión "Hermida y compañía". En 1996 se sitúa el número vendiendo 80.000 copias en la primera semana de salida al público, de su disco "Yo, mi, me, contigo". En 1997 gana el premio al mejor autor "pop-rock" en la primera convocatoria de los premios SGAE / AIE. 

El éxito de "Enemigos íntimos" de 1998, lo supera aún más en 1999 con el lanzamiento de su elepé "19 días y 500 noches" que se coloca en los primeros puestos de las listas de ventas.

Joaquín Sabina un hombre con tantas historias, ha sido mirado con lupa por el escritor Javier Menéndez Flores que ha recopilado una ingente cantidad de información para relatar su biografía: Perdonen la tristeza (Plaza y Janés). Durante cuatro meses removió las 4.000 páginas de diarios y revistas que componen el archivo personal del canta-autor y se entrevistó con amigos y allegados para profundizar en la personalidad de Sabina. 

En este libro, personajes como el periodista Manuel Vázquez Montalbán, el académico Antonio Muñoz Molina, el político Joaquín Leguina, el canta-autor Joan Manel Serrat, Miguel Ríos, etc. opinan sobre el Joaquín Sabina, poeta, cantante y ser humano comprometido.

Además de tener que cumplir con sus muchos compromisos musicales, Sabina anda enfrascado en la preparación de un libro de cien sonetos, sin perder oportunidad de participar  en actos de contenido social y político, como en el concierto público que se realizó con motivo de la llegada a la capital de Méjico del líder zapatista  sub-comandante Marcos, para lo que tuvo que abrir un hueco en su agenda. (En otra página de esta publicación electrónica se incluye la curiosa correspondencia epistolar y literaria cruzada entre el sub-comandante y Sabina).

Para cerrar, unas bellas palabras de reconocimiento hacia su padre y una simpática anécdota contada por el propio canta-autor andaluz en 1983: «Mi padre me dejo algo que es casi lo más importante que tengo: el amor a las palabras, a juntarla y contar historias (...) Eso se lo agradezco muchísimo. Nos escribíamos los sobres de las cartas en sonetos, y en la "mili" pasé mucha vergüenza porque el cabo leía en voz alta los sobres, delante de toda la compañía».