Alejandro G. Martínez (ags@ctv.es)

Lucía las estrellas de capitán de la Legión, con sus 25 años recientemente cumplidos, cuando entró triunfalmente en Barcelona a finales de enero de 1939. Formaba parte de las fuerzas de choque del ejército, llamado "nacional" por unos y "fascista" por los otros. Una primera fila compartida por "los novios de la muerte" de Millán Astray y los "moros" de los Regimientos de Regulares.

Para aquel joven pelirrojo, con un  cerrado acento andaluz, el fin de la guerra le supuso el fin de un modus vivendi. Pero Dios aprieta pero no ahoga, y más aún cuando los "nacionales" tenían, según decían ellos mismos, a Dios de su parte.

Pirelli, empresa italiana y alineada con el fascismo de la época, le permitió cambiar las estrellas de caballero legionario por un trabajo civil, aunque según parece no demasiado bien pagado. El 11 de julio de 1939, el Conde Ciano, yerno de Mussolini visitó Barcelona y, ya se sabe, una visita política de esta envergadura producía automáticamente una fiesta para que el pueblo pudiera vitorear al visitante en su recorrido por las calles de la ciudad. Pero José Manuel, el pelirrojo que antes de su movilización militar había actuado y bailado dentro del coro de Celia Gámez, prefería ir a un salón de baile.

Por el Paseo de Gracia encuentra a dos "niñas"; él las piropea. Ellas huyen, riendo, del acoso de aquel andaluz dicharachero, y entran en el Salón Rosa, un "Salón de Thé" (como incorrectamente escribían en sus rótulos) que era uno de aquellos locales donde aparte de reunirse la creme de la creme y los quiero-y-no-puedo, se escuchaba música en vivo mientras se merendaba. 

Lara, ni corto ni perezoso, siguió a las dos jóvenes. Su insistencia, con la forjaría su posterior madera de vendedor, obtuvo la recompensa. 

Intercambió sus primeras palabras con Maria Teresa Bosch. Ella con un castellano cargado de acento del Ampurdán y él con su gracejo y el exagerado deje andaluz -un poco cateto- que mantuvo toda su vida, conectaron perfecta-
mente. Tanto es así, que dos años después contraían matrimonio. 

Como con el sueldo de la Pirelli su economía no iba sobre ruedas, Lara buscó otras alternativas. Curiosamente, aunque su formación cultural no era muy elevada, su olfato comercial le dirigió hacia la cultura. Creó academias, que acabó dejando, hizo compra-venta y vendió libros a domicilio. Lo de los libros le impulsó a crear una modesta Editorial Lara. 

Con los años, aquella galaxia que había empezado con tres estrellas de la Legión, incorporó un Planeta. Diez años después de su llegada a Barcelona su editorial se llamaba  Editorial Planeta. 

En 1952 creó el Premio Planeta, seguramente con la intención de emular al triunfante Premio Nadal, pero con la picardía añadida de que  ofrecía de premio más dinero que nadie. Este fue otro de sus grandes aciertos. Lara, al que más que editor lo consideraban "vendedor de libros", comenzó a competir con los grandes. Les plantó cara a los Barral, los Plaza, los Janés, los Vergés, los Salvats, etc. y se les subió a las barbas. 

Y fue creciendo y creciendo bajo  consignas puramente mercantiles. Él mismo lo confesaba: «Yo de literatura entiendo menos que de matemáticas. Por eso va bien mi editorial. Yo no busco nuevos autores, sino nuevos lectores».

Hoy el Grupo Planeta es todo un imperio editorial que casi factura más que todos sus competidores juntos. Ha adquirido, entre otras, las editoriales Seix y Barral, Arial, Deusto, Destino, Espasa-Calpe y Columna. Ocupa a 2.000 personas y que facturó el pasado año 115.000 millones de pesetas.

Al Premio Planeta, el más sustancioso de los premios literarios en español, han aspirado las más encumbradas plumas de nuestra literatura. Pero las máximas figuras no siempre han alcanzado el favor y el fervor del público. Mario Vargas Llosa con "Lituma en los Andes" (1993) y el Nobel Camilo José Cela con "La cruz de San Andrés" (1994) no se acercaron, ni de lejos, a los éxitos de "Yo, el rey", de Juan Antonio Vallejo Nájera (1985), del que se vendieron algo más de un millón de ejemplares y "No digas que fue un sueño", de Terenci Moix, (1986), con más de 1.100.000. Hasta el año que ganó el arrogante Don Camilo, la finalista Ángeles Caso, ayudada posiblemente por su fama televisiva, vendió más que él con su novela "El peso de las sombras". Independientemente de los derechos de autor, el importe del premio también ha cambiado. En 1952 el ganador se llevó 40.000 pesetas y cuando le tocó el turno a Juan Manuel de Prada, éste ingresó 50 millones de pesetas, que ya empieza a ser dinerillo. 

José Manuel Lara Hernández, aquel joven emprendedor que había nacido en El Pedroso (Sevilla), el 31 de diciembre de 1914, cuando en mayo de 2000, sentado sobre una silla de ruedas recibió la Medalla de Oro al Mérito Cultural de la ciudad de Barcelona de manos del alcalde, Joan Clos, no pudo impedir que un par de lágrimas rodaran por sus mejillas. Esta distinción se unía a las ya numerosas recibidas por él, entre otras, la Cruz de Sant Jordi de la Generalitat en 1988, y la Medalla del Mérito del Trabajo otorgada por el rey Juan Carlos. Sevilla, en 1996, puso a una calle el nombre de "Editor Lara". Además,  el Rey lo ha situado entre la nobleza, haciéndolo Marqués, y poniéndolo a la altura nobiliaria de nuestro último premio Nobel. 

Lara entró con las fuerzas vencedoras en Barcelona, pero por méritos propios y a pulso, este luchador andaluz se ganó, de forma individual, el laurel de los triunfadores.