por J. Naranjo naranjox@terra.es

De no haberse tomado aquella decisión, se podía haber ocultado, quién sabe si para siempre, el tesoro más importante de Tartessos descubierto hasta nuestros días. Tesoro arqueológico y tesoro en el más estricto sentido de la palabra. 

Sucedió hace cerca de 50 años, el 30 de septiembre de 1958. En una época en la que no estábamos acostumbrado a que se encontraran tesoros. Pero la diosa suerte, si es que existe, se le antojó demostrarnos que debajo de nuestros pies tenemos ocultas valiosísimas riquezas y restos de antiquísimas civilizaciones, que ignoramos.

A poco más de un par de kilómetros de Sevilla, después atravesar Triana y en los inicios del Aljarafe, unos pequeños cerros, a los llaman carambolos, se elevan casi un centenar de metros sobre las aguas del Guadalquivir. En uno de ellos, en el término municipal de Camas, se encuentra La Real Sociedad de Tiro de Pichón de Sevilla. Esta entidad había iniciado unas obras para ampliar sus instalaciones, con motivo de un torneo internacional previsto para el año siguiente. 

Al arquitecto no le convencía que unas ventanas que darían a una futura terraza en construcción, pudieran quedar casi al mismo nivel que ésta, por lo que antes de que se colocara el pavimento mandó excavar para que se profundizaran unos 15 cm más.

Uno de los obreros, Alonso Hinojos del Pino, no esperaba ni que su nombre pudiera pasar a la posteridad ni que encontraría, casi en la superficie, un brazalete que luego resultó ser de oro de 24 quilates y de un incalculable valor arqueológico. Al observar que al brazalete le faltaba un adorno, tanto él como el grupo de trabajadores que participaba, siguieron excavando en su búsqueda. 

Pero la sorpresa fue aún mayor cuando encontraron un recipiente de barro cocido, una especie de lebrillo, conteniendo muchas otras piezas. Aparentemente eran imitaciones de joyas antiguas, de latón o cobre, por lo que no dieron mayor valor a lo encontrado. Tanto es así, que se las repartieron entre los trabajadores que habían intervenido. Uno de ellos (siempre hay pesimistas y desconfiados en todos los grupos sociales) demostró que no podían ser de oro, doblando hasta llegar a romper una de las piezas. 

Debido a aquella absurda prueba, la marca de una perceptible rotura ha dañado para siempre uno de los elementos que tiene forma de piel de toro. La sensatez y el temor de posteriores responsabilidades, aconsejaron a los obreros a entregar las joyas encontradas.

La directiva del "Tiro de Pichón", con buen criterio, buscó la intervención de una de las máximas autoridades en investigaciones tartésicas, el arqueólogo y catedrático don Juan de Mata Carriazo y Arroquia. El profesor Carriazo realizó un minucioso y emocionado examen del tesoro y presentó el correspondiente informe. Una de sus frases resume la importancia de lo hallado de la siguiente forma: 

"El tesoro está formado por 21 piezas de oro de 24 quilates, con un peso total de 2.950 gramos. Joyas profusamente decoradas, con un arte fastuoso, a la vez delicado y bárbaro, con muy notable unidad de estilo y un estado de conservación satisfactorio, salvo algunas violencias ocurridas en el momento del hallazgo". El profesor Carriazo estableció que estas piezas pertenecían, fijando un amplio margen de error, a un periodo comprendido entre los siglos VIII y III antes de Cristo.

Agregando: "- Un tesoro digno de Argantonio", legendario rey de Tartessos. 

Mientras algunas opiniones coinciden en que todas estos adornos de oro posiblemente eran portados por una sola persona (tal vez un hombre) en momentos de máxima representatividad u ostentación, otras se decantan por la hipótesis de que podría tratarse de adornos para alguna estatua ritual, posiblemente un toro.

Este valiosísimo tesoro muestra un exquisito trabajo de orfebrería (sendas reproducciones pueden verse en el Museo Arqueológico de la capital hispalense y en el Ayuntamiento de Sevilla) se encuentra celosamente guardado en la caja fuerte de un banco. Diversas técnicas fueron empleadas en su ejecución: fundido a la cera perdida, laminado, troquelado y soldado. Algunos elementos, debido a las concavidades que presentan, tuvieron que llevar incrustaciones de turquesas, piedras semipreciosas o de origen vítreo. 



Una de las joyas más destacadas, que presenta una decoración floral bastante distinta del resto del tesoro, consiste en una cadena doble con cierre decorado, de la que penden siete de los ocho sellos giratorios originales. 

Estos sellos, que en su origen podrían haber servido para marcar propiedades, sellar contratos, o acreditar un control administrativo, se clasifican como correspondientes a la época tartésica orientalizante y, se cree, que podían haber dejado de tener su función original como sellos y haberse convertido posteriormente, en mera joya de adorno.

Una curiosa y, a la vez, extraña anécdota relacionada con el tesoro de El Carambolo. Cuando ejercía como Comisario de la Expo'92 de Sevilla, Don Jesús Aguirre, marido de la Duquesa de Alba y Duque consorte, encargó a un prestigioso joyero de Madrid una exacta reproducción en oro del tesoro, para ser expuesta. El temor, por parte de destacados miembros del Ayuntamiento sevillano, de que las piezas originales que se devolvían no fueran una copia, produjo un enfrentamiento verbal con el Duque de Alba que desembocó en el cese de su cargo como Comisario.