Por Petra Pareja  pparejav@terra.es

 

Tuvo que ser un flechazo, un coup de foudre, como se hubiera dicho  en su lengua. El futuro emperador de Francia, Luis Napoleón, quedó hechizado ante la belleza de la joven aristócrata granadina. Que por cierto, aunque los cronistas de la época describieran su rostro con tantos elogios, según los cánones de belleza actual (que evidentemente son muy distintos a los de entonces) su cara no pasa de ser mas bién "corrientita", con con las cejas y ojos algo caídos, como puede verse en sus múltiples retratos.

Dos años duraron las relaciones entre el Luis Napoleón y Eugenia. Y si es cierta la anécdota que se cuenta, el futuro emperador tuvo que ser  frenado en sus ansias carnales por la joven andaluza. En uno de los primeros encuentros él le preguntó por dónde se iba a su dormitorio y ella le respondió tajante, pero con la mejor de sus sonrisas, que por la Iglesia. Tanto si es verdad como no, esta situación corresponde plenamente con el comportamiento y moral de cada uno de ellos. Luis Napoleón, tras su matrimonio, mantuvo públicas infidelidades con diversas amantes, como con la nacionalista italiana Virginia Oldoini, y la sensual gitana Tadea Mirslac, entre otras. Mientras que Eugenia, rabiosamente conservadora y católica, mantenía estrechas relaciones con Roma y protegía económicamente a comunidades religiosas. 

Al igual que en estos tiempos, en que parece que se ha puesto de moda discutir la idoneidad de algunas candidatas para ceñir la corona, también Napoleón III, ya coronado emperador, tuvo que justificar ante el Senado francés su proyectado enlace matrimonial con Eugenia de Montijo, ya que, aunque esta era de noble estirpe, no llevaba sangre real en sus venas. Su argumento principal fue que, de esta forma, se rompía la tradición de los matrimonios por conveniencias dinásticas.

María Eugenia era en realidad Condesa de Teba y Baronesa de Quinto, siendo su hermana mayor, Francisca de Sales, la verdadera Condesa de Montijo. Si el objetivo de las dos hijas del Conde de Montijo hubiera sido matrimoniar bien, ambas lo consiguieron. La primogénita se casó con el Duque de Alba y la pequeña llegó a emperatriz de Francia. 

Siendo emperatriz, Doña Eugenia participó activamente en la política de su tiempo, convirtiéndose en tres ocasiones en Regente: durante las campañas de Italia en 1859; por ausencia de su marido durante un viaje a Argelia en 1865 y en los últimos momentos del Imperio. Poseedora de un carácter bastante enérgico -otros dicen que desagradable y engreído, ya que humillaba constantemente a los que estaban a su alrededor- ejerció una poderosa influencia sobre Napoleón III. 

En 1869 la emperatriz Eugenia, inauguró el Canal de Suez, la nueva ruta marítima obra del diplomático francés (que no ingeniero) Ferdinand de Lesseps. Los faustos con tal motivo, fueron importantes, entre ellos la representación, por primera vez a orillas del Nilo, de la célebre ópera de Verdi, Aída. En aquella ocasión, según testigos presenciales, Doña Eugenia, sacó a relucir su soberbia y trató con desprecio y de forma humillante al propio Lesseps. 

La emperatriz, entre otros errores políticos que cometió, apoyó la desafortunada expedición que intentó situar a Maximiliano de Austria en el trono de México (1862-1867) y que, en 1869, condujo a Napoleón III a la guerra contra Prusia, donde el emperador cayó prisionero y Francia perdió Alsacia y Lorena. Eugenia tuvo que abandonar precipitadamente París, junto con su único hijo, buscando refugio en Gran Bretaña donde el ex-emperador Luis Napoleón se reunió con ella tras recuperar la libertad y haber sido destituido por la Asamblea. 

En 1879 murió su hijo, el príncipe imperial, en una escaramuza en la guerra contra los zulúes, tras desobedecer una orden dada por sus superiores. Eugenia de Montijo, viuda y sola, mantuvo su residencia en Inglaterra aunque realizó frecuentes viajes a España. En uno de estos viajes, en 1920, a la avanzada edad de 94 años, falleció en Madrid. Los restos mortales de la bella y controvertida ex-emperatriz, nacida en Granada, reposan para siempre en Inglaterra.